María Consuelo Ramírez Scaglia de Wellmann, la secretaria general de la Presidencia nombrada hace un mes, estuvo mamando de la teta del Estado, siendo contratista gracias a los bretes de su mariachi, el mayor Walther Wellmann Girón en distintas entidades gubernamentales. Por supuesto, Lord Ivermectina quitó eso de la hoja de vida que se divulgó de su secretaria, en la que, dicho sea de paso, se mencionan más de 25 años de experiencia en la cosa pública.

Ahí donde el mayor Wellmann iba a dizque chambear —primero la SAT y luego la PNC—, casualmente surgían jugosos contratos para su esposa, propietaria de la empresa individual “Macoga”, facturando vallas metálicas, cisternas, servicios de mantenimiento y otras babosadas por el estilo. Por fortuna, todas esas marufias quedan registradas en Guatecompras. Y decimos marufias, no porque ser contratista del Estado sea automáticamente un delito —aunque muchas veces concluye en eso…—, sino porque el tráfico de influencias está tipificado en el código penal y nos corresponde a todos denunciarlo.

La historia de prosperidad de esta pareja feliz alzó vuelo definitivamente con la llegada al gobierno del Partido Patriota (PP), dada la amistad que Wellmann tenía con Héctor Florentino Rodríguez Heredia. Este personaje se volvió subdirector General de Apoyo Logístico de la Policía Nacional Civil (PNC), o sea, la entidad encargada de realizar las compras de bienes y servicios de la Polaca. Y ya se imaginarán la vendedera de cisternas que se dio en esos momentos decisivos del subdesarrollo nacional. Al matrimonio Wellmann-Ramírez le fue rebien, a Walther siendo requerido como asesor técnico de dicha subdirección y a Consuelito remodelando estaciones de la Polaca a lo largo de la capirucha, vendiéndole productos por poquito a la PNC (ventas menores a 90 mil quetzales) para evitar licitar.

Por fortuna, en junio de 2015, Héctor Rodríguez Heredia fue capturado gracias a los esfuerzos de la Cicig (comisión internacional contra la impunidad en Guatepior) para develar las redes de corrupción instaladas en las entidades estatales, tal y como la que este individuo tenía instalada en la PNC, de donde logró embucharse poco más de 56 millones de pajarracos verdes de pecho rojo.

Por su parte, y por motivos muy distintos, al excuque Wellmann le tocó una condenatoria de un año y cuatro meses —lamentablemente conmutables— el 27 de octubre de 2015, por descriminar a un pobre sindicalista (no se precisa bien de qué entidad), al que se le estuvo hostigando para que dejara de estar chingando.

Unidad contra Delitos Sindicales del MP logra condena por discriminación