La ignorancia de las élites fascistas pasa por el desconocimiento histórico y transita hacia la autocracia, vanagloriándose de poseer la verdad absoluta sobre cualquier tema político y haciendo caso omiso a las estadísticas aplastantes sobre el fracaso de los gobiernos mercantilistas que exaltan el nacionalismo, un ardid para enganchar a los totalitaristas de derecha como estrategia de dominación sobre las mentes ultraconservadoras.

Fotografía de David Toro

Sin apenas percibirlo, vamos hacia un totalitarismo fascista sin división de poderes, sin periodismo independiente, perdiendo libertad en manos de una dictadura con poder total sobre nuestras vidas, nuestros recursos, nuestras mentes y los anhelos de superación para un futuro digno.

El Estado se ha convertido en un verdugo implacable de la democracia. La cooptación de todas las instituciones que hoy están al servicio de unos pocos es comparable al sistema totalitario cubano, ruso, nicaragüense o venezolano. La élite empresarial se deleita promoviendo un crecimiento económico inexistente, defiende su competitividad imaginaria, hace alarde pomposo de los atractivos para la inversión extranjera que apenas son cubiertos por remesas cuyo origen proviene más del narcotráfico que del sudor de nuestros compatriotas obligados a migrar por las pésimas condiciones económicas y nulos programas sociales que permitan a sus familias la sobrevivencia.

Los grandes empresarios procuran su propia desgracia al ignorar que su apoyo a la permanencia de un gobernante corrupto y aborrecido por más del 80% de la población muy pronto podría tener consecuencias nefastas sobre sus intereses. La ceguera que padece ese pequeño grupo de titiriteros es tal, que no admite diálogo, mucho menos una pizca de racionalidad.

La autocracia, modelada por el miedo a perder los privilegios y mantener el poder que ostentan por medio del control sobre el gobernante y sus compinches, así como la compra de voluntades en el Congreso para asegurarse impunidad por sus acciones, tiene al país en una ruina institucional que será difícil de remontar.

La exaltación del nacionalismo conservador se basa en la narrativa anticomunista a la que sucumben las débiles mentes de los clasemedieros, simples asalariados sin voz ni voto en un sistema que impondrá al futuro gobernante que se comprometa a obedecer los designios de los poderosos.

Fotografía de Esbin García

Cualquier intento de diálogo o concertación es acallado en las redes por un ejército de “fachos” al servicio de las élites mercantilistas, más no capitalistas. El término contrario, “los chairos”, son el enemigo que piensa distinto. De forma despectiva, se utiliza para desvalorizar cualquier pensamiento contrario al fascismo. Es decir que, el avance del pensamiento nacionalista se fortalece por la existencia de una contraparte que, curiosamente, visualizan en un espectro social comunista muy cercano al totalitarismo que defienden sin tener conciencia ello.

La prueba irrefutable se advierte por el apoyo que los amigos de Putin y de Trump, dos políticos autoritarios y nacionalistas, les dan a las corrientes autoritarias en donde se enaltece la dictadura y se sataniza la democracia.

El partido VAMOS está empecinado en seguir gobernando por otros cuatro años. Para lograrlo utilizará todo tipo de artimañas, doblegará a las cortes infundiéndoles miedo, comprará a las bancadas de diputados corruptos para convertirlos en lacayos, prometerá ayuda y obras para que los alcaldes se reelijan y se arrodillará ante los poderosos empresarios y narcotraficantes para lograr ese objetivo. Aún así, sus logros políticos serán magros.

Fotografía de David Toro

Aquellos que sueñan con un país menos desigual, que brinde oportunidades de desarrollo y prosperidad para las clases medias y bajas, a los que llaman peyorativamente “chairos” no están tan solos esta vez, pese a que les toca cargar con el lastre de ser llamados comunistas y se les acusa de querer imponer un régimen totalitario. Ellos podrían reivindicarse impidiendo el fraude electoral.

El ánimo que condujo a la revolución de 1944 está más presente que nunca. Tan solo se necesita un líder capaz de llevar al país por un sendero amplio que recoja lo mejor de varias corrientes ideológicas sin dejarse manipular por los extremistas, es decir, que sepa navegar en las turbias mareas del radicalismo.