El 2020 fue un año como ningún otro dentro de la memoria de quienes estamos vivos. La especie humana fue sorprendida con la guardia baja, literalmente con los calzones en la mano como diríamos en buen chapín, por un enemigo invisible e insidioso que confinó por largos meses al mundo entero; ha cobrado 2 millones de vidas y ha hundido a la economía mundial en una crisis sin precedentes desde la gran depresión de los años 30 del siglo pasado.

Fotografía de Fernando Chuy

Y puso a muchos países de rodillas.

Pero ¡ohhh! milagro, Guatemala resultó ser el quinto país del mundo que mejor afronto la situación, esto claro, según el sector privado local. Llama poderosamente la atención que las exportaciones subieron, sí, como lo leen, subieron en medio de la pandemia y sin embargo el IGSS muestra una disminución de afiliados de más de 100 mil empleos formales. ¿Cómo se logró semejante milagro? Y a la misma vez las remesas alcanzaron una cifra record. Seña únicamente que nuestros migrantes continúan en su viaje y que, con preocupación por lo que verdaderamente está sucediendo acá, están apoyando a sus familias más que nunca.

La pandemia ha sido un brutal recordatorio de lo frágiles que somos, de lo indispensable de la empatía y la solidaridad para subsistir. Ahora que empieza a vislumbrarse su probable final con la llegada de las vacunas y mejores tratamientos, todos deseamos con razonable esperanza, que el 2021 sea más amable.

Sin embargo, no podemos ignorar el poderoso mensaje que el 2020 ha machacado: son los débiles y los más pobres quienes han sufrido el impacto de la crisis, con el notorio divorcio entre Wall Street y la realidad mundana del ciudadano de a pie. Los más ricos aumentaron sus fortunas durante la peor depresión en 100 años y todo a base de la especulación y el apoyo del Estado mediante legislación especial con dedicatoria, hecho del que no se escapa nuestra sangrante Guatemala.

El populismo y autoritarismo al alza por todos lados como una grave amenaza para la democracia, si no recordemos las odiadas “disposiciones presidenciales” impuestas a base de un estado de calamidad apoyado por el corrupto congreso, todo en beneficio propio, quedándose los funcionarios con los créditos destinados a la pequeña empresa y hasta cobrando el bono familia.

La destructiva actividad humana ha acercado al medioambiente a un punto de no retorno tras el cual nada garantiza nuestra supervivencia como especie. En nuestro país ya no existe el agua limpia, lagos literalmente de caca y ríos que son desbordaderos de basura, contaminando incluso a nuestro vecino Honduras.

Todo esto estaba antes del Coronavirus, pero ahora quedo claro. El balance de este año es que estamos desbalanceados. Seguir como vamos es suicida, los problemas que nos afligen escaparon de nuestro control.

El mundo necesita volver a empezar, un “reset”. Postergarlo es un lujo que no podemos darnos.