Los movimientos ciudadanos iniciados en abril de 2015 cesaron con la renuncia del binomio presidencial. Pensamos ingenuamente que Jimmy Morales mantendría la lucha para frenar la corrupción y la impunidad. La oligarquía por medio de sus narcopolíticos encontró pretextos para evitar la depuración del Estado. Alejandro Giammattei es presidente como resultado de un fraude electoral y consolidó el autoritarismo republicano en esta Guatemala que nunca ha sido democracia, término que no aparece en la Constitución Política.

Fotografía de Fernando Chuy

Jimmy Morales no tenía plan de gobierno. José Ramón Lam y Mario Aragón Paredes son algunos de los testigos de que edité con premura para su gobierno una síntesis del Plan Nacional de Desarrollo, «K’atun: nuestra Guatemala 2032», el cual desde 2014 trazó la ruta hacia el desarrollo. Introduje la convocatoria a Asamblea Nacional Constituyente. Escribo cuando surge el clamor para reorganizar el Estado.

Solo habrá cambios de fondo con un nuevo pacto social expresado en la Constitución Política. No se trata solo de modificar leyes o establecer nuevas normas. Es cambiar mentalidades y contar con un nuevo contrato político, pues el sistema está degradado en su totalidad. La propuesta del Movimiento para la Liberación de los Pueblos se inspira en el modelo boliviano de una Asamblea Nacional, multisectorial y plurinacional. Giammattei trata de detener las exigencias populares con disposiciones cosméticas. Pero Guatemala no puede esperar otros 37 meses de despotismo y saqueo.

Mi experiencia es de veinte meses de trabajo para rescatar las intensas jornadas de la Comisión Redactora del Proyecto de Constitución (conocida como Comisión de los Treinta) y del Pleno de la Asamblea Constituyente. Los y las constituyentes tuvieron una comprensión dinámica de la Constitución, o sea, es un «proyecto inconcluso» que buscó complacer a diversos sectores, bajo la mirada vigilante del régimen militar de Oscar Mejía Víctores. Es un error de razonamiento afirmar que es una Constitución muy desarrollada, pues no está plasmada en bronce. En Guatemala no contamos con tratados de derecho constitucional y la Constitución Política es un objeto conocido —si acaso— solo por los expertos, pero se encuentra fuera del alcance real de quienes supuestamente son sus destinatarios: todos los habitantes de un país.

Mi postura como profesor universitario es que se trata de una «obra abierta» (calificativo debido a Jürgen Habermas), con carácter perfectible. No es un mero «documento histórico» sino un proyecto de comunidad política y sus miembros deben irse adaptando a los cambios sociales, después de sucesivas relecturas. Los y las constituyentes redactaron un texto cuyos intérpretes más cualificados no son solo los magistrados constitucionales sino los ciudadanos dispuestos a participar en una auténtica democracia deliberativa.

Si en la actualidad no nos sentimos identificados en rasgos comunes de tipo cultural ni compartimos la doble raíz que alimenta nuestro pasado, tenemos la posibilidad de construir un nacionalismo constitucional, o sea, reconocernos de manera reflexiva con los contenidos universales plasmados en la Constitución. Este nacionalismo no es la adhesión por el lugar en que nos ha tocado en suerte nacer, sino aquel que reúne los requisitos exigidos por el constitucionalismo moderno. Desde una perspectiva democrática, solo de este modo podríamos sentirnos legítimamente orgullosos de pertenecer a un país que, como Guatemala, tiene ante sí el desafío de convertirse en un ámbito pleno de civilidad.

Después de que nacemos, Guatemala se entrega toda entera. Pero esta patria tersa, la vendieron a los mejores postores. Han cedido su territorio y concesionaron sus recursos naturales estratégicos. Mientras, el narcotráfico domina en lo público y lo privado. Propongo enfrentar esta dictadura de impunidad y corrupción por medio del nacionalismo constitucional. El nuevo pacto partiría de unirnos por ideales y no seguir enfrentados por ideologías. El ideal supremo es la nación política común denominada Estado de Guatemala, asentada en veinticuatro naciones culturales.

Guatemala, nuestra suave y siempre entrañable Patria, no solo debe ser repensada. Hay que refundarla.