Dentro de las malas experiencias que me ha tocado vivir con agentes de la Policía Nacional Civil (PNC) se encuentran aquellas en donde estos muchachones se han querido pasar de vivos pidiéndome algún dinerillo para dejarme tranquilo.

Recuerdo aquel día en que me fui a pasar la tarde junto con mi negrita, nos fuimos en mi ranfla rumbo a algún sitio donde nadie nos interrumpiera. Pero como ustedes bien sabrán la gente es canija y envidiosa. Recién habíamos terminado de amarnos intensamente cuando dos uniformados a bordo de una motocicleta alertados por quién sabe quién se acercaron a mi misterioso vehículo polarizado. Yo como quien no debe nada, salí sin camisa para saludarlos. De inmediato noté que sus intenciones no eran nobles.

Uno ya sabe que están haciendo su brete y también que no todos están torcidos y sedientos de morderlo a uno. Yo les dije que tenían razón, que me equivoqué, que la próxima vez procuraría buscar un sitio más apropiado para evitar ofender la moral de la gente sensible. Pero ellos estaban empecinados en esquilmarme. Yo que recordaba no tener un ni un billete de a cinco comencé a lanzarles mi argumentación final para que ya se fueran a trabajar a otra parte, cuando en un desafortunado acto lleno de descuido decidí acompañar esta frase “miren, no tengo ni un centavo”, mientras abría mi vieja billetera; los ojos de los tres se nos abrieron un poco más cuando apareció un billete con la cara de Francisco Marroquín de cuya presencia no me acordaba, rápidamente tuve que hacerme el quite convirtiendo mi frase inicial en una oración un poquito más completa “este billete es lo único que me queda y tengo que pagar el agua y pedir gas propano”. Déjenos, aunque sea para un litro de aceite que ya le hace falta a la moto, me dijo el más gordo de los dos. Yo con mucho gusto les echaría la mano, pero ya saben que con esto no me alcanza ni para el cilindro de gas, espeté.

Al final se fueron, nos dejaron a los dos, ella asustada y yo aliviado en el sentido amplio de las circunstancias. Ustedes se preguntarán a cuenta de qué viene todo este cuento y es que, aunque existen indudablemente buenos policías, dentro de la institución también hay malandros que aprovechan julio y agosto para sangrar a pobladores irresponsables e incautos de este bello país que ahora me gusta llamar Guatemalistán. No se dejen sorprender, conduzcan con precaución, eviten consumir alcohol y si manejan, ya se la saben si los paran.

Y no lo olviden, tengan la bondad de ser felices, es viernes.