El 4 de septiembre del 2020 el Ministerio Público (MP) recibió una denuncia contra el extravagante, pero carismático diputado Aldo Dávila Morales, por dizque haber agredido física y verbalmente a un agente de la Jura (PNC). Ahora la Fiscalía de Delitos Administrativos solicitó el retiro de su derecho de antejuicio.

Buscan así, bajo argumento de delito de abuso de autoridad, pisarse a Aldous, de quien dícese empujó y profirió una verdadera sacada de madre con tonos discriminatorios a un pobre e incorruptible agente de la Policía Nacional Civil. Prácticamente lo que cualquier ciudadano promedio quisiera hacer y no se anima, por obvias razones.

Para desgracia de la Jura, esta no tiene mucha popularidad entre la población guatemalteca, pues la ciudadanía consciente reconoce a esta entidad gubernamental como al conglomerado de los últimos peones en la cadena de mando del parasitario Estado fallido. Preocupa que la Pachuca, en vez de empezar a actuar dignamente y cumplir con su maldito trabajo, se dedique a formar orquestas tropicales sacando cóveres evangélicos de Juan Luis Guerra para dar un aspecto bonachón que nadie se traga. Pura ridiculez tercermundista, bajo obvia responsabilidad del ministerio de Gobernación.

De todos modos, en la desfachatez del show político, nadie respeta a nadie. Por lo menos no se ha buscado retirar el derecho de antejuicio del presidente, tras haber discriminado a Aldo Dávila llamándolo “esperpento” en cadena nacional, tal vez un eufemismo para referirse a la abierta pertenencia del diputado en el gremio de la llamada “diversidad”. Mucho se habla, en la impunidad del rumoreo de cuadra, sobre la inclusión del presidente la República dentro del gran espectro LGTBIQ, y de ser esto verdad, quizás explique su demostración fóbica desaforada contra Aldo Dávila, tratando de compensar algo ante la abrumadora mayoría machista y discriminadora de la población guatemalteca, que finalmente lleva a todos los presidentes a la guayaba. Recomendamos a los lectores no caer en la tentación de discriminar a un político tanto por lo que es (o no es; pues nadie duerme debajo de la cama de nadie), sino por lo que hace.

La paradoja de todo esto, es que el lunes pasado se reportó un episodio de ultraviolencia contra Aldo Dávila en las cercanías de la Biblioteca Nacional de Guatemala “Luis Cardoza y Aragón” en el Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala. Esa semana un grupo de nápiros había estado va de poner la negra a los desafortunados automovilistas atorados en el espantoso tráfico que se desplazaban en esa calle, como consta en las cámaras municipales, sólo que los pobres diablos no contaron con el factor Aldo Dávila, ni con la delegación de juras que le asignó desde hace un tiempo la División de Protección de Personalidades al diputado, quien dice temer por su vida luego de recibir amenazas e intimidaciones.

Así quedó la ranfla del parlamentario luego del incidente ultraviolento.

Dávila asegura que no se trató de cualquier asalto, sino de un atentado planificado. El MP investiga el hecho en el que resultó herido uno de los atacantes tras recibir un balazo por parte de los escoltas del diputado. Quizás nunca se llegue a saber la verdad, pero el sentido común indica que un grupo de sicarios hubiera actuado de otra forma, disparando de lejos con armas de mayor calibre, de haber planificado el atentado como mortal. Si se trató de otro acto de intimidación, sería más creíble, pero la coartada de que el lugar en cuestión parecía ser el centro de operaciones de unos nápiros que asaltaban a cualquiera carro medio puesto, da luz a otro tipo de verdad. Repetimos, quizá no lo sabremos nunca.