PARTICIPACIÓN POLÍTICA

La primera línea de la publicación de la semana pasada inició así: “La igualdad política perfecta no es factible en sociedades económicamente desiguales”. El presente artículo tiene el mismo encabezado “La igualdad política perfecta no es factible en sociedades desiguales, producto de la discriminación y racismo”. Sin embargo, la democracia no puede fallar en su compromiso con la igualdad política.

Durante las últimas décadas hemos sido testigos de cambios sustanciales en la actitud de los indígenas frente a la política, me refiero a la política partidista en distintos países latinoamericanos. Ante la exclusión y marginación de los pueblos indígenas de la política nacional, nuevos movimientos sociales indígenas surgieron en los años setenta y ochenta. Estos movimientos demandaban un mayor reconocimiento de los derechos humanos y culturales de los pueblos indígenas, y una participación más activa en el área de desarrollo y otros procesos de toma de decisión pública.

Casi a finales de la década de los ochenta, en América Latina emerge de manera generalizada el restablecimiento de los gobiernos democráticos, con esto se da una apertura u oportunidad para que los movimientos indígenas comenzaran a demandar reformas fundamentales en las constituciones nacionales de modo que se cuente con un marco legislativo e institucional más propicio para el reconocimiento de sociedades verdaderamente multi-étnicas, multi- lingüísticas, y pluri- culturales. Simultáneamente, estos movimientos indígenas comenzaron a participar más activamente en la política regional e internacional, captando la atención pública sobre los obstáculos que enfrentaban en la lucha por la protección de sus tierras, culturas y comunidades.

Quizá deberíamos preguntarnos  por qué se ha avanzado tan poco en el proceso de construcción de una sociedad multicultural, partiendo de uno de los principios de la democracia que es creada por y para el pueblo. En Guatemala posiblemente el problema como en la mayoría de países con alto porcentaje de población indígena, es que la construcción de la llamada democracia fue concebida dentro de Estados monoculturales, excluyendo a algunos sectores y otorgando privilegios a unos pocos, en detrimento de la mayoría. Los hombres y mujeres indígenas, han existido mucho antes que el Estado y sus instituciones y por lo general los indígenas son sociedades pacíficas y respetuosas, buscan la armonía no sólo entre seres humanos sino también con otras formas de vida y elementos de la naturaleza. Para los pueblos indígenas, la consulta, la participación y el consenso son de suma importancia en los procesos de toma de decisiones, esta es la expresión más concreta de la práctica de una auténtica democracia, donde la decisión de la mayoría prevalece como principio democrático. Este proceso está basado en el reconocimiento de que todos los seres humanos son iguales y tienen los mismos derechos y obligaciones.

Fotografías de Eduardo Say

Esta es la base para exigir que nuestro sistema político cambie para el beneficio de todos, para que de esta manera haya igualdad de oportunidades sin exclusión de ningún tipo. Por todo esto se ha configurado principios y expresiones de democracia inclusiva, representativa e intercultural, en otras palabras, respetuosa de las diferencias. La unidad de este país debe estar basada en esa rica fuente de diversidad cultural que debería reflejarse en una «democracia multiétnica».