En 2015, el CACIF convocó a la población a manifestar en las plazas, fue al frente de los empresarios y sectores del poder económico, acompañado de un derroche de propaganda contra las autoridades de gobierno, pero también contra candidatos opositores, bajo el slogan de: “no te toca”. Esas manifestaciones las tuvieron que suspender, ante el desborde social que habían provocado, porque temen a la población enardecida cuando afecta sus intereses y poder, pero ya era tarde. Los empresarios solo querían algunos cambios, pero la población ganó las calles y no la pudieron controlar, las consecuencias fueron la renuncia del presidente y su vicepresidenta. A pesar de que no se produjeron los cambios que se necesitaban, y que los mismos males emergieron en los gobiernos de Jimmy Morales y Giammattei, la gente ganó confianza en sí misma y, sobre todo, ganó conciencia de los problemas a enfrentar.

Desafortunadamente, no basta con el cambio de autoridades, cuando el sistema político que nos gobierna está podrido y colapsado. En todo caso, la población se quedó en la protesta, que por sí misma, de forma espontánea y dispersa, no se propone y no tiene la capacidad de producir cambios estructurales. Para que eso se produzca, se necesitan otros componentes indispensables que dirijan ese proceso de cambios.  El principal reto sería enfrentar al propio Estado, los intereses empresariales, oligárquicos y corporativos que representa, así como sus leyes, los aparatos ideológicos y de seguridad que lo sostienen. Casi desde la Colonia, y en la creación de su Estado, las clases dominantes han utilizado sus aparatos de seguridad y defensa en los que se apoya, utilizando la fuerza, para no provocar cambios estructurales, lo cual iría en contra de sus intereses. Constituye un enfrentamiento contra el sistema, que será una manifestación actual de la lucha de clases, la cual no desapareció por decreto, ni porque haya desparecido el campo socialista, esta es inherente al sistema capitalista. Existe en tanto, los sectores poderosos económicamente, que mantienen el dominio y el poder hegemónico, agudizado, sobre la sociedad explotada y empobrecida.  Ese será el oponente a enfrentar.

Las manifestaciones de los exmilitares son un instrumento, constituyen un intento de enfrentar y neutralizar las manifestaciones populares, a los que acusan de izquierdistas, guerrilleros, comunistas, terroristas, financiados desde el exterior, etc. Estos exigen una indemnización ilegal, incobrable e impagable.  Las declaraciones de la Cámara de Comercio y la Cámara de Agro, Comagro, no condenan esas manifestaciones, pero sí las manifestaciones populares, como ilegales, y una violación a los Derechos Humanos. Piden que se denuncie a los autores materiales, solicitando que se investiguen las fuentes de financiamiento. Es clara la posición de los empresarios y de qué lado se ubican. Se recordará que ellos financiaron parte del Conflicto Armado, contra el pueblo que se levantó en armas contra su sistema.

Fotografía de David Toro

Desde ya, debe quedar claro contra quien será el enfrentamiento, cuando se debe realizar cualquier cambio, y sobre todo cambios estructurales, como ahora se está proponiendo. Ante tal situación, se necesitaría de una dirección capaz de conducir y dirigir a la sociedad hacia los cambios, enfrentando los obstáculos de siempre, al propio Estado. Una columna vertebral de cuadros y dirigentes, incrustados en todos los sectores, dirigiendo las luchas en todos los terrenos, bajo un solo plan político, llegando incluso, a las últimas consecuencias. Que, en cada momento, esa dirección sea capaz de orientar y dirigir con las estrategias y las acciones necesarias, ante cualquier tipo de lucha que se esté planteando, por muy aguda y arriesgada que parezca, enfrentando el tipo de agresión y reacción que el Estado se proponga. Por experiencia histórica, que no debe pasar por alto, el Estado incluso puede llegar a las armas para conservar su caduco sistema político.

Lo otro será, estar dispuestos a terminar lo que se ha iniciado. Pero lo espontaneo y disperso, sería un mal a resolver, lo cual ha imperado en las últimas luchas populares. Se necesita que la población esté organizada, de tal manera que lleve a la práctica todos los lineamientos y orientación de su dirección. Se necesita entonces una organización que sea capaz de aglutinar a “todos” los sectores sociales dentro de esa estrategia de cambios, con una visión de unidad. De lo contrario sería una dispersión de voluntades y esfuerzos sin llegar a logar objetivos de cambio. A estas alturas de la lucha, no se pueden producir cambios cosméticos, como los que se pregonan cada cuatro años, de lo contrario se estará condenando al fracaso.  Ojo, ni tampoco creer que la oligarquía permitirá cambios profundos dentro de su sistema imperante, no tolera ni los pequeños por muy superficiales que estos sean.

Fotografía de Edgar Tuy

Pero la lucha no se puede producir sin propósitos ni objetivos. ¿En torno a qué se produciría? La respuesta es un programa de gobierno y una estrategia atractiva, tomando en cuenta la reivindicación de cada sector. Guatemala es un país subdesarrollado, con miles de problemas ancestrales pendientes de abordar, como el pobre desarrollo económico y dependiente, altos niveles de desempleo que generan el comercio informal, gran concentración de las tierras en pocas manos, pobreza y pobreza extrema, marginación, exclusión, racismo y demás males sociales, generadores de migración. Un programa que tome en cuenta la composición de la nación guatemalteca: plurinacional, multicultural y multiétnica. No pude ser un programa para un solo sector por muy explotado, discriminado y marginado que este sea por el Estado y su historia. El grupo que se erija en dirigente, debe aglutinar a todos los demás, de lo contrario tendrá muchos detractores en la búsqueda de sus objetivos y se estará produciendo un nuevo tipo de discriminación contra los demás sectores sociales.