FOTOGRAFÍA DE ESTEBAN BIBA

La violencia política de género pretende silenciar o desprestigiar a las mujeres que ejercen la representación con autonomía y disputan espacios de poder por medio del cuestionamiento de prácticas políticas que se fueron consolidando y naturalizaron su exclusión.

Que la violencia está en el corazón de la política es un común denominador en la mayoría de países de América Latina, y más allá de darle método y forma, como parte de su contenido cultural, es un hecho reconocido. También está comprobado que las naciones que viven una violencia sistemática y organizada del Estado o de estructuras que juegan un papel similar, mantienen activas memorias de terror, persecución y miedo, cuyo proceso de superación exige, en primer lugar, romper el silencio.

Así, el conocimiento de la verdad sobre la práctica de la violencia en cada país inaugura el proceso denominado justicia transicional, capaz de dar fin a la cultura autoritaria y construir valores democráticos.

Para las mujeres, la violencia política no es algo que deban observar desde afuera. Les concierne. Su ocurrencia les marca la vida a través de mecanismos que se han vuelto tan comunes que incluso, muchas veces, pasan desapercibidos. El primer aspecto de la violencia política contra las mujeres se encuentra en la exclusión histórica de los espacios institucionales. La ausencia o ínfima representación institucional de las mujeres no es una coincidencia sino el resultado de un proceso cultural articulado para evitar la presencia de mujeres en las instituciones políticas, aún en el período en que se conquistaron de manera formal la igualdad de derechos civiles.

Comprender la exclusión del poder de las mujeres como patrón de la sociedad y de las instituciones es reconocer la dimensión de género en relación con el poder patriarcal que masacró y dominó la vida de cada una desde que nacieron y hasta su muerte. Si bien la primera violencia política de género es la exclusión de la política, no es la única.

Quienes ejercen la práctica violenta demuestran que no reconocen la igualdad de condición de las mujeres como parlamentarias o representantes políticas, no aceptan la autonomía de pensamiento y acción de las mujeres, y en especial no aceptan ninguna oposición que surja de ellas. Es decir, quienes utilizan la violencia política de género buscan silenciar a las mujeres, aunque ejerzan un mandato para el que fueron electas.

La construcción de la equidad en la representación política es una tarea de la democracia, en la medida en que la presencia de las mujeres conlleva el potencial de dar mayor transparencia a la política, de modo que sus decisiones formen parte de la vida pública.

El desafío es que la presencia de las mujeres en la política no esté moldeada por el conservadurismo, sino por la solidaridad y como respuesta al autoritarismo imperante en la sociedad y en el Estado, tarea que las feministas que participen en política deben lograr en distintos momentos históricos de cada país.

 

*Artículo basado en “Violencia política en Brasil” de María Do Rosario – CLACSO