Alta Verapaz es el departamento de la república bananera que ostenta el cruel honor de concentrar la mayor cantidad de muertes de güiros menores de cinco años por desnutrición aguda. Desde 2016 a la fecha suman 137 decesos.

El Sistema de Información Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional de Guatemala (Siinsan) advierte que el 2018 fue el año en que más patojos (48) la palmaron en el departamento. El año pasado siete fueron los que pasaron a mejor vida, debido a un probable subregistro de decesos a consecuencia de la hecatombe pandémica. O sea, la gente moría de Covid y no de otras cosas… aunque fuera más bien la acumulación de un montón de padecimientos.

En abril del presente ciclo de destrucción, se reportó que cinco niños habían colgado las Nikes a nivel nacional, pero en apenas dos meses la cifra se duplicó. Al 5 de junio iban 12, pero dizque se investiga si la muerte de otros 39 chiquillos está relacionada con dicha condición propia del subdesarrollo republico-bananístico.

Según el Siinsan, el 75 por ciento de los casos de este año se dieron en Alta Verapaz. Ha muerto un chiquillo/quilla en cada uno de los siguientes municipios: Fray Bartolomé de las Casas, Raxruhá, San Cristóbal Verapaz, Cobán, Santa María Cahabón y La Tinta. Y 3 en Panzós.

Fotografía de Daniele Volpe

En ese departamento dejado de la mano de Dios, ocho de cada diez habitantes son pobres y la mitad de estos sufren pobreza extrema, según la última Encuesta Nacional de Condiciones de Vida, de 2014.

Lo pior de todo es que la Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria en Fases (CIF) augura que este panorama pauperizado no mejorará en los próximos meses. La proyección es que un porcentaje importante de esta población siga así hasta enero próximo, alimentándose como pueden…

“La crisis económica desencadena por la pandemia covid-19 y la devastación de las tormentas Eta e Iota seguramente empeorará las cifras, dejando en una situación de mayor vulnerabilidad a miles de hogares, los cuales perdieron cultivos, animales de patio e incluso sus viviendas”, manda decir Iván Aguilar, jefe del Programa Humanitario de Oxfam Guatemala.

En el campo, la mara vive al día, dependiente del jornal agrícola, pero el año pasado durante los meses turbios de la pandemia las restricciones hicieron difícil conseguir brete. Ahora el problema es contagiarse de la Covid y morir asfixiados, gracias a que no hay vacunas ni na’.

Ganando 50 tuquis el jornal, los campesinos altaverapacenses están condenados a la pobreza estructural; a invertir parte de ese mísero salario en transportación para ir a chambear de sol a sol, y a usar lo que queda para engañar a la panza, con maíz más que nada, y si mucho, unos frijolitos. “Es lo que los mantiene con vida”, menciona Jessica Coronado, coordinadora de Nutrición y Salud de Acción contra el Hambre.

Iván Aguilar, de Oxfam, le echa el muerto al gobierno en lo que respecta a haber ejecutado muy pocos fondos para la reconstrucción de los daños ocasionados por las tormentas Eta e Iota que azotaron a Alta Verapaz, y pocos recursos destinados a ayuda alimentaria. Aquí es cuando la corrupción le pasa factura “al futuro” de Guatemala. Por eso tal vez el presidente de los 57 salarios mínimos mensuales, quien tiene para alimentarse tan bien como coche de engorde, dice cada vez menos aquello de “Dios bendiga a Guatemala”. Dios no existe, muchá; Alta Verapaz, sí. El Pacto de Corruptos también.

Fotografía de David Toro