Aunque parezca otra burlesca y poco llamativa teoría pseudocientífica, déjeme decirle que si hay un estudio matemático completo del caos, eso que llamamos coloquialmente como chirmol, un desorden, y  nunca mejor aplicada la teoría del caos de Robert May a esto que hoy ocurre en nuestro país respecto al coronavirus.

Dicha teoría explica que el resultado de algo depende de distintas variables y que es imposible predecir o adivinar con certeza la finalidad de cualquier acto o fenómeno físico por mínimo que sea este.  Por ejemplo, si disparamos al aire una bala 9mm,  no sabremos hacia dónde caerá o el daño total que provocará,  o que el aleteo de una mariposa en el Congo  puede provocar un huracán en Petén. Nada es predecible con certeza, todo es caos.

La pandemia anunciada desde el 11 de marzo del año pasado por la OMS y que supuestamente comenzó el 30 de diciembre en Wuhan, China, ha sido desde entonces una incertidumbre total para todos, desde científicos expertos y médicos, hasta los más poco letrados como su servidor, nada está claro aún después de ya casi un año, seguimos esperando que la bala caiga o que algún huracán arremeta contra nosotros sin saber de dónde vino, nadie sabe a ciencia cierta a dónde va a parar todo esto.

El problema no es esperar que un milagro nos ampare, sino creer realmente que sucederá algo así; dejando a la suerte o a la gracia divina los resultados finales que como de costumbre aceptaremos sin rebuznar un poco, ese es el verdadero problema, no el caos en sí, hay que recordar que el desorden, el caos, las turbulencias, son oportunidades y no siempre sinónimos de crisis y claudicaciones, más bien una oportunidad para los más aptos, como lo menciona Charles Darwin en su teoría evolutiva, pero el caos de la pandemia al parecer solo está fortaleciendo a ese pacto de corruptos que aprovechó la crisis para adaptarse y evolucionar a tal punto que nadie podrá detenerlo.

Sabemos que es lo que tenemos qué hacer y no lo hacemos, aceptamos la disparidad y la injusticia, callamos ante este desorden en nuestro hogar, nuestro país, agachamos la cabeza ciegamente ante tanto descaro de nuestras autoridades y todo por temerle al desorden, por escapar de las oportunidades que las turbulencias nos traen, qué podemos hacer al respecto, ya lo decía Carl Sagan “No puedes convencer a un creyente de nada porque sus creencias no están basadas en evidencia, están basadas en una enraizada necesidad de creer”