La importancia de honrar y mantener nuestra palabra en el contexto actual debe ser motivo de análisis y reflexión profunda. Es anhelo humano de que la confianza mutua depositada en la palabra y su cumplimiento ni se traicione ni se pierda. Nuestra frustración al experimentar que alguien se comprometió a hacer o no tal cosa y termina haciendo exactamente lo contrario, olvidando los valores y la promesa hecha con tal de proteger intereses. Nos quedamos perplejos al vivirlo en la política, en las negociaciones y en las relaciones interpersonales.

El mundo está presenciando hasta dónde llegan las consecuencias cuando un líder falta a la palabra empeñada. El presidente Putin afirmó que no atacaría a Ucrania y hoy la conmoción es mundial cuando se experimenta la pena y resultados que causa cuando alguien comprometido con su palabra simplemente la incumple.

Los guatemaltecos debemos vernos en el espejo de Ucrania y su lucha. El dilema es la libertad y la transparencia y sus consecuencias para la democracia y la corrupción.

El presidente ucraniano, Zelensky, un comediante venido a político exitoso, llegó al poder como resultado del levantamiento popular del 2013, cuando el entonces presidente Yanukovich fue depuesto tras 93 días de alzamiento popular al negarse a firmar un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea. Tuvo lugar en episodio de defensa a la democracia donde más de un millón de personas, que deseaban los valores europeos, tomaron las ciudades y el enfrentamiento resultante incluyó represión policiaca y quema de edificios por parte de las autoridades y finalmente Yanukovich huyó cuando el país ya estaba al borde de la guerra civil. ¿A dónde? Ni modo a Rusia…

Todo este episodio estuvo inspirado en los resultados del evento más significativo en la historia reciente de la democracia en el mundo. En el 2004 el pueblo ucraniano fue el protagonista de la Revolución Naranja contra un fraude electoral. Las elecciones fueron anuladas. Los jóvenes aseguraban que si habían elegido a un gobierno pues también podían derrocarlo. Gritaban que, si a ellos les daban corrupción, ellos respondían con revolución.

Comparemos con Guatemala donde también un comediante, pero barato, llegó al poder como consecuencia de la rebelión pacífica en contra de la corrupción en el 2015. La diferencia fundamental es que el presidente ucraniano sí cumplió su promesa de luchar contra la corrupción y sí cumplió su promesa de luchar contra los rusos. Cuando el presidente Biden ofreció extraerlo para protegerlo su respuesta fue que la batalla estaba allá y que lo que necesitaba eran armas y municiones, no un viajecito. Se convirtió en un soldado de verdad y líder de la defensa de su pueblo.

Lejos quedó cuando un acuerdo se sellaba con un estrechón de manos.

Fotografía de Carlos Hernández Ovalle

 

 

¿ACÁ QUE TUVIMOS?

Un payasito que salió por la puerta de atrás, corriendo, protegido por la policía el 14 de enero cuando entregó el poder para llegar a la sede del malogrado Parlacen y ser juramentado de noche y a escondidas con tal de garantizar su inmunidad. Gigantesca diferencia entre un presidente con atributos varoniles y un kaibil honorario que le gustaba lucir su chumpa de cuero con su nombre y mofarse de la marcha militar.

Acá nuestros presidentes de la era democrática, todos, llegan el 14 a las 14 y se les impone la banda presidencial y un collar de plata. Pocos saben que significa ese collar de plata, que es ni más ni menos que la sumisión a la Constitución Política de la Republica, ante la cual prestan juramento.

¿Y, al nomas salir de las puertas del Congreso que hacen? Pues violarla….

Y así llegamos al día de hoy, con pseudo líderes que no han cumplido con la palabra empeñada. Del respeto a la Constitución, la democracia y el bien común no quedó nada. Pensar que dentro del actual sistema político pueda ya existir una solución, no solo es ingenuo sino raya en lo estúpido. En las urnas no se le puede ganar al crimen organizado. Ya llegamos al final del camino. No hay salida electoral honesta para escapar del actual laberinto político, pues para acceder al poder es necesario pactar con el diablo primero.

Igual que Ucrania lo que necesitamos es una Revolución Naranja.