Esto de las redes sociales ya parece como si entra uno a otro país, sus leyes se cumplen o te expulsan.

La demanda anti-monopolio que el gobierno federal de los EE. UU. planteó contra Facebook hace unas semanas comienza a mostrar su lado oscuro. Dicha compañía ha sido también acusada de manipular datos de sus usuarios e incluso interferir en las campañas políticas como el “brexit” y la propia campaña de Trump, por citar algunas.

Ahora resulta que a partir del 8 de febrero cualquiera puede ser expulsado de WhatsApp, otra compañía de la misma Facebook, si se niega a compartir sus datos personales con ellos, básicamente haciendo público los chats que uno en confidencialidad tiene con sus contactos. Es decir, tus conversaciones estarán al alcance de todos.

Sumemos a esto que las características monopólicas de las compañías de alta tecnología les permiten incluso aplastar a su competencia, las alternativas se van esfumando una a una. Por ejemplo, Apple le acaba de dar un ultimátum a Parler, que si no se hace responsable del contenido de lo publicado en su red será expulsada de la “Apple store”. Es decir, un llamado a la censura.

¿Estamos asistiendo a la consolidación del tan temido “big brother”?

Apenas hace 30 años se hablaba de dicha posibilidad orwelliana como ciencia ficción, pero ahora es una espeluznante realidad. Veamos el caso de la ciudad de Shenzhen en China, bajo 100% de supervisión con cámaras con reconocimiento facial, gracias a la tecnología 5G de la cual la compañía china Huawei es líder mundial. La película “The Matrix” no tiene nada que envidiarle a lo que está sucediendo.

La decisión de Twitter de exilar a Donald Trump le privó de una herramienta que le permitió despegar en su vida política y apoderarse del Partido Republicano, ya que durante su gobierno controló a sus detractores a fuerza de tuitear contra ellos. Ahora que está afuera del que fue el vehículo más eficaz para apoyar a sus partidarios y destruir a sus enemigos, se le plantea la dificultad de conservar su hegemonía.

Pero más allá de la supervivencia de Trump hay que reflexionar sobre el rol de las redes sociales en la creación de poder político y en lo peligroso que este se fundamente en discursos de odio y de mentiras.

Otro tema fundamental es el de la libertad de expresión y sus límites. Las redes sociales le dan voz a los individuos y grupos que no tenían la oportunidad de difundir sus ideas ni de darse a conocer. Sin embargo, este derecho no siempre se utiliza de manera responsable y ajustado a hechos verificables. Lo que hoy conocemos como la postverdad, es decir opiniones sin fundamento y con un punto de vista sesgado. Las redes permiten la irresponsabilidad, el desborde de   manipulación de la realidad y de falsedades y mentiras.

Pero, por otra parte, con la expulsión de Trump de las redes, el poder de decidir quién habla y qué es lo que puede decir está en manos de quienes controlan esas redes, que son aún menos que los que controlan el acceso a medios tradicionales.

En conclusión, asistimos a una herencia del presidente Trump. Los excesos en la libertad de expresión y el poder unilateral de las redes de decidir qué es permisible o no y en qué momento deja de serlo.

Un grave riesgo para la libertad de expresión.