Se ha dado a conocer a través de un reportaje de Prensa Libre que en tan solo tres años, durante el periodo 2018-2021 se ha duplicado la cantidad de guatemaltecos y guatemaltecas que viven en medio de la inseguridad alimentaria. En 2018 se estimaba que 2.1 millones vivía en el límite entre la posibilidad de contar con sustento de calidad y el carecer de los mismos.

Fotografía de Daniele Volpe

Para cuando finalizó 2021 esa cifra había alcanzado a 4.6 millones, dicha cifra sigue en incremento, porque las condiciones siguen siendo las mismas, especialmente en áreas rurales la cifra de personas que enfrentan carencia de alimentos podría alcanzar el 70%. Cifra que coincide con el nivel de pobreza que hay en Guatemala. Tampoco se debe dejar por un lado, que el poco o nulo acceso a oportunidades es la fuente de la criminalidad y también de la migración tanto interna como hacia el exterior.

La dificultad para obtener comida de calidad tiene su origen en la pobreza y pobreza extrema, en la ausencia de oportunidades y esta a su vez en la poca o inexistente inversión social que se realiza por parte del Estado en los departamentos que tienen mayoría indígena. Estas áreas geográficas carecen de vías de acceso, con ello se dificultan aspectos tan elementales como que se pueda contar con establecimientos educativos o centros de salud que puedan garantizar servicios básicos para las personas.

Es la mujer guatemalteca la que con mayor dificultad enfrenta este dilema, debido a que frente a la irresponsabilidad de muchos hombres, son ellas quienes asumen el reto de brindarle alimentación a su núcleo familiar que las incluye a ellas mismas y a los hijos. Esto implica que cuando la madre tiene dificultad para obtener dichos alimentos, ella misma va a sufrir las consecuencias, aunque sobre todo quien enfrentará con mayor dureza el fenómeno será la niñez.

En el título de la presente columna se señala que el hambre tiene rostro de mujer, pero también tiene rostro de niños y de niñas, de hecho ya se ha señalado en diversas publicaciones que este país podría ser el peor de todos para ser niño o niña, no solo por el tema alimentario, sino porque se vedan todo tipo de oportunidades para desarrollarse como ser humano.

Fotografía de Daniele Volpe

Pero obviamente el alimento es fundamental, especialmente durante los primeros mil días de vida, que es el periodo en que el cerebro se desarrolla y cuando se obtienen algunas de las cualidades que permitirán el acceso a la educación y con ello a la ciencia y la tecnología.

Las autoridades tienen la posibilidad de corregir los errores cometidos, no necesariamente montando un nuevo plan de combate al hambre, sino dedicando en el presupuesto anual un componente alto y significativo encaminado a la inversión social que tanto se requiere para catapultar al país hacia el nivel que tienen los países que se encuentran en vías de desarrollo.