De vos recuerdo tu eterna sonrisa como un manantial perenne que me alivianaba en los momentos más tristes y desolados de mi niñez. De chavito me sentía feliz y seguro bajo tu sombra porque eras como el hormigo: musical, fuerte, autóctono y tierno (en medio de tu bravura de indio quekchí).

Fuiste padre y madre al mismo tiempo y de vos no recuerdo ni una canción de cuna sino tus severas lecciones de hombría de llevar tu responsabilidad de padre soltero hasta las últimas consecuencias.

De noche, luego de tu dura jornada de vendedor informal por las calles citadinas, me cargabas y me recostabas sobre uno de tus hombros para que me durmiera en el trayecto hacia nuestra chante: un mesón de por avenida Bolívar donde pagabas cinco centavos para que pasáramos la noche.

También cargabas, no sé cómo ni con qué fuerzas, el sobrante de la venta del día, mientras jalabas de la mano a mi hermano mayor que caminaba apresurado junto a vos por esas calles anochecidas de la Guatemala de los años 60.

Nunca te lo he confesado, ruco, pero fingía dormir para que no dejaras de cargarme: era tan gratificante y seguro saber que me cobijaban tus brazos fuertes de campesino emigrado a la ciudad.

Viejo, ¿cómo le hiciste desde tu escasa escolaridad para convertirnos en lo que ahora somos? Mi hermano: un contador de primera línea; y yo un sencillo escritor sancarlista que le escribe a su pueblo, a sus tristezas, a sus amarguras, a sus escasas esperanzas.

Sabés, de vos me viene la profesión de la leída y la “escribida”. Te recuerdo cuando leías El Imparcial y La Hora mientras hacías un alto en tu dura y larga jornada de vendedor ambulante: entonces encendías un frajo, te recostabas en cualquier pared de calle para disfrutar los editoriales de Clemente Marroquín Rojas y las noticias que informaban de los primeros guerrinches de los años 60.

Sin tanta casaca, padre, tuviste tu propia filosofía de la vida, tu manera de ser: tu ternura ante los niños desprotegidos y las mujeres desvalidas; así como tu indignación frente a las injusticias.

Yo me aprendí de memoria tu simpleza filosófica y en la juventud la mezclé con mis aspiraciones de luchar por una patria incluyente y ya sabés el resultado, viejo: años de no verte, de andar a salto de mata, de tenerte el alma en vilo porque sabías que caminaba en medio del estado de sitio, del toque de queda y de los retenes de la tira y de los cuques.

En algunos aspectos, viejo, fuiste bien cuadrado porque eras, sos y serás ubiquista inevitablemente. No termino de aceptártelo, pero así es la vida, papá: el wuasho de la historia nos marcó tiempos y mentalidades diferentes; vos añorás la dictadura ubiquista que tanto te oprimió; y yo, la “Primavera democrática” de Arévalo y Árbenz.

Hoy desde el cansancio de tus nueve décadas me seguís viendo como si yo todavía fuese el infante que cargabas en tus brazos robustos.

Hay un par de ondas de las que me arrepiento, viejo: no haber convivido con vos muchos años; no haberte dado de todo, sino angustias y tristezas durante mis largas ausencias; pero vos me formaste a tu imagen y semejanza para pelear una guerra en la que nuestra arma ideológica era (es y será) el amor al prójimo desvalido y eso lo aprendí de tu sencillo evangelio campesino, viejo.

Fotografías de Ban Vel y Fernando Chuy

PD: A vos, papá, que lavabas y remendabas nuestra ropita; a vos que pobremente nos proveíste de trama todo el tiempo. A vos, que me retachás a mi infancia cuando me alborotás la greña y me cobijás en tus brazos cansados.

Carta a mi viejo (+) don Eduardo Sagüí