Nada qué celebrar en Centro América este pseudo bicentenario

Es más que irónico estar celebrando un “pacto de élites”, una “independencia conservadora” del yugo español mientras grupos de interés concentran todo el poder en sus manos para constituirse en los nuevos amos de estas tierras. Muy independientes de España podremos ser, pero totalmente a merced de grupos ideológicos y mafias enquistadas en alianza con el crimen organizado. La democracia no ha pasado de ser un sistema pacífico de reemplazo de autoridades de turno. De beneficio para el pueblo nada de nada.

El libro La patria del criollo, de Severo Martínez propone: “… La idea de patria también tiene un desarrollo histórico y su trayectoria va desde una patria de unos pocos hacia una patria de todos”. Frase lapidaria que hacemos propia.

Parafraseando a un conocido columnista: “No hay que confundir el festejo con el hecho festejado”. Y acá radica nuestra tragedia. Nos hemos centrado en un festejo vacío, año con año, con el simbolismo de llevar las antorchas con el “fuego de la libertad” el día 14 de septiembre e izar la bandera el 15, incluso adoptando costumbres extrañas a las nuestras como el famoso “grito de la independencia” mexicano. Y de los verdaderos anhelos del pueblo nada. Es totalmente irresponsable reducirlo a una mera “celebración” cuando la mayoría de la población fue excluida y resultó en el inicio de una nación inconclusa. Recordemos La Chalana que canta: “Patria palabrota añeja, por los largos explotada …” y “la roban los liberales y los conservadores”. Una especie de república perversa que no logró contenidos democráticos y que reprodujo relaciones excluyentes, discriminadoras que originan pobreza e injusticia social.

El “plan pacífico”, maquinado por la entonces todopoderosa familia Aycinena y cuyo solapado objetivo principal era conservar el monopolio del comercio exterior en manos del “Consulado de Comercio” que ellos controlaban concluyó que el camino a seguir era adelantarse a los hechos, ya que la Revolución Francesa estaba inspirando en el mundo un deseo republicano y de libertad, y que esto podía alterar el mundo desde la visión de las élites acomodadas. Los temores comenzaron a materializarse tras la invasión napoleónica de la península ibérica en 1808 y “no vaya ser el diablo” había que tomar medidas precautorias.

Aquí el punto es que fue la élite de los criollos, quienes el 15 de septiembre de 1821 firmaron en la capital, en cabildo abierto extraordinario, la Independencia de España, “para prevenir las consecuencias que serían temibles en el caso de que la declarara de hecho, el mismo pueblo”. José Cecilio del Valle, quien redactó el Acta, pero astutamente no la firmó, dejó asentado que aquella Independencia se proclamaba “sin perjuicio de lo que sobre ella determine el Congreso que debe formarse”, dejando así abierta la puerta a la futura Asamblea Nacional Constituyente.

Así pues, la independencia fue una pura “movida chueca”, concebida por las élites para mantener el expolio y que fue celebrada con vino y finas viandas en las mansiones de la élite, cuando para crear verdadera identidad de un pueblo la historia marca que se necesita sangre. Una independencia con sangre al estilo la estadounidense, la mexicana, las guerras de Bolívar o Martí, la revolución rusa por citar algunas, son las que crean la verdadera identidad nacional y el orgullo y la defensa de la república. Nuestra fiesta mal llamada de independencia lo que creó es una horchata de sentimiento nacional, diluido en agua y de color blanco.

Las naciones centroamericanas a la deriva, la dictadura neo-somozista de Nicaragua, el narco estado de Honduras y Guatemala, y el popular caudillo de El Salvador. El “festejo” viene oportuno para dejar claro que el “Estado” bicentenario se construyó sobre bases de opresión, muerte y privilegios. No vaya ser que la reforma impostergable, como temían los aycinenistas de antaño y los de hoy sea declarada “de hecho y por el mismo pueblo”, tal y como reza la mañosa acta de independencia.