FOTOGRAFÍA DE ESBIN GARCÍA

Ante el inicio, bajo de agua eso sí, de la campaña política, nos enfrentamos a un escenario de división y polarización social sin precedentes. Grupos atacándose unos a otros diciendo cosas que ni ellos mismos comprenden, pero eso sí, con el ánimo de atacar y desprestigiar al “enemigo”.

La mal llamada izquierda nacional se ha posicionado en un extremo como una oposición al “capitalismo”, sin saber ni siquiera que significa ese concepto, ya que el mismo carece de un significado formal, como una opción de defensa de causas sociales y promotora de la equidad e inclusión. Demasiadas ambiciones y demasiadas peticiones los caracterizan y como consecuencia no logran levantarse a nivel político pues no tienen una prioridad, además de la desunión que los caracteriza al divagar constantemente entre su diversidad de propuestas sin lograr un acuerdo entre ellos para lograr un frente común.

Existe sin embargo ya una propuesta de izquierda radical que busca cambiar el modelo político, económico y social de un tajo, literalmente borrón y cuenta nueva. Este grupo sí está unido y tiene claro su objetivo y la constante decepción con nuestra democracia de fachada les continúa ganando adeptos. Mucho ojo con ellos.

La supuesta derecha en nuestro país representa a un grupo que efectivamente tiene claro su objetivo, está unida, tiene poder, pero es ignorante de cómo lograr el verdadero desarrollo social, o tal vez simplemente no les interesa. Está representada por ese espectro de poder de un régimen oligárquico coludido con el crimen organizado para mantener y consolidar sus privilegios. Torpe, mediocre e ignorante con capacidad de neutralizar a quienes considera sus enemigos, de ellos o del régimen. Se han apropiado del discurso de la “libre competencia”, “Estado de derecho”, “república” y “libertad” y se escudan detrás de “la palabra de Dios”. Al final de cuentas una fachada barata de retórica monopólica que ha resultado efectiva para mantener una estructura económica esclavista, de Estado capturado y sociedad reprimida.

Fotografía de Esbin García

Hemos perdido el sueño constituyente de 1985 del cual soy firmante. La otrora libertad de verdad para poder expresarnos, organizarnos y en general “hacer lo que se nos dé la gana” se ha venido perdiendo a través de los años y paradójicamente son los mayores beneficiarios de este sueño constituyente, los menores de 35 años los que la han dejado perder. Ellos nacieron y crecieron bajo el supuesto que, hacer lo que quieran y decir lo que quieran es un derecho divino, sin darse cuenta que fue con el esfuerzo y hasta la sangre de quienes logramos la reforma de 1985, que costó sangre sudor y lágrimas con tal de proveer para nuestra sociedad un mejor futuro, futuro que debería ser para los hijos y los nietos de quienes lo promovimos. Sin embargo, vemos la indiferencia de este segmento ante el acontecer actual, llegando al punto que básicamente lo que quieren los jóvenes es irse del país y no luchar por él. Vaya paradoja, dejar la vida por ellos y ellos prefieren dejar el país sin lucha.

Hemos caído en un ciclo de venganzas bajo el acrónimo de la justicia, mientras que lo que clama nuestro país es por lo justo. Se trata de una necesidad humana fundamental para la pacífica convivencia. El valor de la justicia está directamente relacionado con la seguridad, tanto física como mental, para el libre ejercicio de los derechos sin temor a la venganza. A medida que falta la justicia aumenta la inequidad y las acciones tomadas hacen daño a todos. Los tres poderes del estado deben garantizarnos a todos el libre ejercicio de nuestros derechos y ese precisamente es el reto de las próximas elecciones, lograr líderes representativos en un proyecto de unidad nacional. Unidad no en torno a ideología alguna, sino una visión de nación incluyente para todos, chairos y fachos por igual…

Citando al destacado columnista Samuel Pérez: “Una izquierda perdida y una derecha mediocre.”