El Gobierno de nuestra banana republic confesó que le llaman poderosamente la atención y sigue con “suma preocupación” los acontecimientos suscitados en Israel, debido al “lanzamiento de misiles desde la Franja de Gaza hacia Jerusalén y otras ciudades”  de ese país violador de los human rights.

La cancillería, o sea, el Ministerio de Relaciones Exteriores (Minex), manifestó en un vulgar comunicado sus “condolencias” por la pérdida de vidas humanas debido al “fuego cruzado” en los territorios.

El Gobierno de Guatemala expresa su solidaridad al Estado de Israel, condena enérgicamente todo acto terrorista y reitera la importancia de realizar conversaciones en beneficio de la paz y prosperidad en la región”, dijo la cancillería, defendiendo cínica pero eufemísticamente el genocidio televisado que el Estado sionista hace de sus hermanos palestinos ―pueblo vecino que es también de origen semítico, y que junto a los semitas judíos había ocupado históricamente el territorio del que hoy se le quiere sacar a fuerza de exterminio.

Lo que no dijo nuestra preocupada cancillería es que la respuesta a los ataques de la milicia “Hamas” (que dejaron dos personas muertas en Israel), de parte del Estado sionista, fueron 1200% (28 muertos) más letales del lado de víctimas palestinas, dentro de cuales no había sólo supuestos miembros de Hamas, sino también niños. Tampoco dirá nada de las continuas matanzas que el Ejército israelí comete contra palestinos desde épocas difíciles de recordar, en lo que viene siendo un verdadero genocidio de ocupación. Si el Estado de Israel se confeccionó a la medida de la coyuntura de post Segunda Guerra Mundial, fue para que los ciudadanos sionistas arrebataran abusivamente el espacio vital de los palestinos, ejerciendo para ello el tipo de violencia atroz que judíos ―pero también gitanos, eslavos, comunistas, homosexuales, y disidentes políticos de toda índole― habían vivido bajo el yugo fascista de Hitler.

La historia de amor entre Guatemala y el Estado paradójicamente nazi de Israel se remonta a la época contrainsurgente en nuestro país, cuando el llamado pueblo elegido de Dios vendía armas a la dictadura militar guatemalteca ―principalmente durante el lapso en que el pandediós de Jimmy Carter no quiso vender directamente armas al tenebroso Ejército guatemalteco― para que pudiera aniquilar ―a menudo torturando previamente― a la disidencia política de la banana republic, incluyendo entre los incordios ―como siempre ocurre en una guerra desequilibrada entre ricos y pobres― niños y gente civil desarmada. La violadera de derechos humanos que propició la reacción anticomunista en su máxima expresión.