Fotografía de Fernando Chuy

El que ahora vive acostumbrado a alargar su menesterosa mano ante la carencia tan fría y distante del otro, al punto que no importe más el digno pudor que nos ofrece el trabajo y la oportunidad. Allí está el chapín, siempre aceptando la renuncia a sus derechos, la ruina y desempleo y el próximo despojo y chantaje, agravio por venir a la par de la miseria que nos acecha.

Aguantando penca y aguantando

Viendo cómo se roban el futuro, nuestros anhelos e ilusiones. Los malos depredan y se lo quedan todo, no existe ley ni tribunales, ni justicia, aunque fuera tardía y menos justa, se trata todo de un festín al estilo carnaval de Venecia, se vale todo tras máscaras, mientras el pueblo sucumbe y sufre. La constante es la incertidumbre.

Que realidad tan sinuosa y perversa, triste la situación del honesto, que a falta de valor permite tanto abuso y el secuestro de su realidad.

Nuestras luchas, las añoranzas y las ganas de crecer, por alcanzar aquello y lo otro. Matando el alma se destruyen vidas, se coartan planes e ilusiones, se cercenan los antojos y las ganas de alcanzar, de construir, de realizar y amar, solo quedan despojos. ¿Hasta cuándo chapines?

Se mata el alma cuando se limita el sueño, cuando el derecho individual sucumbe ante el capricho de otros, cuando se despoja a través del robo vil y la existencia espuria.

Necesitamos retomar el rumbo. Las ganas de vivir y la alegría por lograr objetivos y alegrarnos por los frutos de la lucha tesonera, por ayudar a otros, por salir adelante con esfuerzo propio, sin pedir nada a nadie, sin ser carga de otros ni su lastre, sin mendigar limosnas ni subsidios sino ordenando el caos y erigiendo el todo de la nada a riesgo de triunfar o del desastre.

Llego del día de retomar el rumbo, es hora de la normalidad.