La finca llamada Guatemala, esa que celebra 200 años de fundación el próximo mes, independencia que se pactó a puerta cerrada por parte del grupo que más sacaría provecho sin crear verdaderas transformaciones en beneficio de los sectores populares, el control ejercido por la élite criolla sobre el proceso de emancipación de la corona española consolidó no solo su hegemonía, sino también fomentó un ideal que en la actualidad sigue repercutiendo.

Y qué manera de demostrarlo en la actualidad, a pesar del inconformismo y desesperación de los grupos marginados, las expresiones de rechazo al gobierno por parte del pueblo herido que sale a las calles a protestar con todo derecho, la élite empresarial, sale a proteger sus intereses como lo ha estado haciendo por doscientos años, junto a ellos la iglesia católica que siempre ha sido un aliado de golpe bajo y con derecho que reprime el sentimiento de protesta, aunque ante un fracasado Estado con un una administración altamente corrupta, delante del pueblo las posiciones que cada sector está tomando están claras, los pudientes siguen manteniendo el respaldo a las injusticias en este país, ya lo decía el filósofo griego Demócrates “todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de burla”.

El campesino  siempre ha sido manipulado, reprimido, hostigado, explotado muestra alguna resistencia, pero a lo largo de la historia ha sido el grupo antagonista al ejército, ha sido la fuerza crucial para ganar batallas, como la utilizada por Rafael Carrera, o para la Revolución de Octubre del 44,  como sigue siendo en la actualidad, podremos decir que cierta parte de ellos han estado bajo la manipulación criolla o la clase política y han sido vendidos por líderes que manejan distintos intereses. Lo cierto es que hoy en día pareciera ilógico que ellos tomen el liderazgo en las protestas, que sean ellos los que estén dando la cara a pesar de ser ellos los últimos en recibir los beneficios que se obtengan de la resistencia, por supuesto a diferencia de otros tiempos, el campesino actual vive generalmente de las remesas, algo que lo diferencia del campesino de años atrás que dependía de un trabajo en finca que los mantenía bajo el yugo del explotador, siendo más fácil la manipulación y la represión.

Por eso hoy la manera de ver las protestas indígenas no se tienen que romantizar, ni pensar en una radicalización de izquierda, tampoco un gran teatro manipulado por la élite criolla para que creamos que existe una resistencia ilusa; más bien debería de ser la oportunidad de unir fuerzas, de poner atención a ese grupo que a lo largo de estos doscientos años y por su puesto desde la invasión española, han sido replegados de los asuntos que competen a todos, es momento de escuchar la voz de los diferentes pueblos y sectores públicos que conforman nuestro entorno y si realmente queremos un cambio que marque la diferencia de lo que se pactó el 15 de septiembre de 1821, es tiempo de romper las barreras de las diferencias y tomar en cuenta las necesidades de cada uno de sus ciudadanos.

Fotografía de Daniele Volpe