El “apartheid” de las vacunas

El elefante en la cristalería del que nadie quiere hablar, una pregunta que sobrevuela el escenario que vivimos en el mundo, los países ricos que se vacunan y los países pobres que las reciben a cuenta gotas, y estos países todos ubicados en la región del Atlántico Norte, que para gran parte del mundo dicha región mantiene una perdurable asociación con el racismo y el imperialismo.

Fotografía de Fernando Chuy

Si ya el mundo cuenta con al menos una decena de vacunas que funcionan ¿Por qué no se liberan las patentes para que puedan producirse masivamente y llegar a todos?

¿Por qué no alcanzan? El principal factor es que no hay suficiente capacidad de producción, siendo la actual únicamente una tercera parte de la necesitada. La mayor parte de lo que se produce entonces, queda en manos de los países que pueden pagar sin tener que retorcer sus leyes y están dispuestos a lograrlo. Para muestra un botón, el viernes santo los EE. UU. lograron vacunar a 8 millones de personas en un solo día, sí, 8 millones en un solo día. Acá en la misma fecha tuvimos el triste espectáculo de los adultos mayores sometidos al clima haciendo cola seis horas para que al final de la tarde les cerraran las puertas en sus narices.

La brecha entre la cantidad de vacunas administradas en los países ricos y las obtenidas por el mecanismo COVAX de las naciones unidas está creciendo por minuto, a tal punto que el Director de la Organización Mundial de la Salud (OMS) califica dicha brecha como “grotesca”.

La distribución no equitativa del medicamento se está convirtiendo en un ultraje moral y en un suicidio económico, ya que mientras la totalidad de la población mundial no esté protegida, ningún país lo estará, por lo que la política de acaparamiento se convierte en autodestructiva.

Fotografía de Fernando Chuy

¿POR QUÉ NO SE PRODUCEN MÁS VACUNAS?

Acá es donde entran en juego las patentes, ya que hoy los únicos que pueden producirlas son los titulares de las mismas. Ese es el espíritu de dicha patente, proteger al producto para que no pueda copiarse. El creador del producto patenta su descubrimiento para que nadie más pueda fabricarlo. Esto le permite a la poderosa industria farmacéutica controlar el precio y la distribución de las vacunas, llegando al extremo de “llamar al orden” a gobiernos como el de Guatemala, según propia admisión de la vice ministra de salud. Esto genera precios elevados y situaciones donde el producto no es accesible para los países más pobres.

¿Este es un dogma absoluto o la situación amerita un cambio o una excepción?

La OMS le pidió al consejo de seguridad de la ONU que elimine temporalmente la propiedad intelectual sobre las patentes de las vacunas contra el covid para que puedan ser producidas por otros laboratorios del mundo que tengan la capacidad. India y Sudáfrica llevaron una propuesta similar ante la OMC, para establecer una provisión sobre los derechos de propiedad intelectual para asegurar la reducción del costo y ampliación de la distribución. Ambas iniciativas se encontraron con el NO rotundo de los países más desarrollados, que casualmente son los que conforman el consejo de seguridad de la ONU y son los países del Atlántico Norte.

Nadie dice, sin embargo, que el avance en la lucha contra la enfermedad no se debe a inversión privada, sino a la inversión pública masiva, dada como subsidio a las farmacéuticas para lograr esa vacuna y a cambio dar prioridad a quienes proveyeron dicho financiamiento.

¿Convierte esta inversión pública en un bien público la vacuna?

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