La sociedad guatemalteca sin puentes para el diálogo

La imagen que tenemos todos del paso de las dos tormentas que arrasaron el país en las últimas semanas, es la de ríos crecidos llevándose los puentes. Sumando a esto las pérdidas humanas, la desprotección al desastre mismo, lo que nos provoca es una sensación de impotencia.

Fotografía de David Toro

En el sentido metafórico, en Guatemala nos quedamos sin puentes, cada vez más aislados los unos de los otros, sin conexiones y sin posibilidad de ponernos de acuerdo, condenados a no encontrarnos y tener una patria a la deriva. Que, si uno es “chairo” o si es de “derecha”, tal vez es “terrorista” por ir a manifestar o cacifero por apoyar la propiedad privada. Nos hemos autoclasificado y nos hemos dado a la tarea de descalificarnos mutuamente. Primero la confrontación dizque ideológica, luego la imposibilidad del diálogo.

Eso sí, la policía armada de la valentía del anonimato, con pistolas y gas lacrimógeno lista para acallar el malestar y el descontento, que, como ríos crecidos amenazan con llevarse definitivamente los puentes de diálogo.

¿Cómo es posible que el Ejecutivo esté discutiendo un presupuesto que ni siquiera ha recibido del Legislativo como ley? Y que nunca recibirá… Entonces, ¿De qué se trata el diálogo? Afortunadamente, varias organizaciones ya tuvieron el arresto para declinar la participación en este fraude de diálogo, dejando al desnudo a los actores de siempre, que en convivencia con los políticos de turno tienen al país sumido en esta tragedia.

Con la visita de la delegación de la OEA, se tiene la oportunidad de desnudar a los verdaderos actores de esta deshonestidad, malas prácticas e incumplimiento de la Constitución. ¿O será puro maquillaje este capítulo? Que se entreviste a los detenidos por “manifestación ilegal”, tipificación de delito inexistente en nuestro ordenamiento legal, así como a los periodistas agredidos por el aparato represivo del Estado, el cual, en los últimos seis meses, aprovechando la dictadura del “estado de calamidad” y las repudiadas “disposiciones presidenciales”, ha retornado a las prácticas contrainsurgentes de los años 80, todo en desmedro de las libertades que nos costaron 36 años de guerra interna. Ya el vicepresidente y otros actores declinaron reunirse con la delegación.

Algo huele mal en este país, la hedentina que surge del abandono y la destrucción institucional produce asfixia ciudadana. Hemos llegado al punto donde los “patojos” prefieren quemar el congreso antes que sentarse a dialogar con esos trúhanes que se denominan “padres de la patria”, los ya asqueados diputados con múltiples identificaciones peyorativas.

La ausencia de protección en el edificio del congreso también tiene un sentido metafórico. El poder legislativo se extinguió de repente, solo y apenas cuidado por unos policías asustados fue el blanco perfecto para los cuatro o cinco bochincheros, que más que probablemente fueron infiltrados con dicho propósito. ¿Por qué no estaba allí el presidente del Congreso, el “masto” y se plantó frente a las masas, defendiendo, si no a la patria por lo menos a la casa que le da de comer?

Recuerdo el día que Vladimir Putin, solo en la sede de la KGB en Alemania Oriental, salió frente a las masas enardecidas y se plantó, ¡aquí no entra nadie! Y la historia lo premió.

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