Sin organización comunitaria, no hay nada

De noche, como según la Biblia actúan los ladrones, se aprobó un presupuesto que poco o nada responde a las necesidades de un país que se enfrenta a una crisis sanitaria y humanitaria eterna. Esto no sorprende, tomando en cuenta que desde 1954 las dependencias del Estado se han convertido. a paso lento pero firme, en un botín político y la forma más común de pagar favores recibidos durante la campaña electoral.

Sin embargo, la sociedad civil azuzada por la falsa idea de democracia que dejó el 2015 y el estado de rabia e indignación permanente ante el cinismo de los últimos gobiernos, ha manifestado su descontento en plazas y redes sociales. Pero la pregunta es, ¿sirve de algo?

La herencia que nos dejó la guerra interna, es decir, la ruptura del tejido social nos ha convertido en seres pusilánimes, incapaces de organizar la rabia, temerosos de las represalias de las fuerzas de control y orden, con una limitación histórica para pensar a largo plazo o siquiera organizarnos si no representa un beneficio personal para quienes integran los denominados movimientos sociales que muchas son veces racistas, clasistas, misóginos y que, al nada más acceder a una cuota mínima de poder, se olvidan de aquellas bases e intereses que decían representar.

Cada cuatro años vamos a las urnas con fe y esperanza ciega en el títere de turno, sin ni siquiera detenernos a pensar en que, hasta en los colores, la mayoría de los partidos políticos son réplicas a escala del desaparecido partido político de extrema derecha Movimiento De Liberación Nacional. Confiamos en los logos, en las canciones, en la prédica que convierten en mitin, aunque, en la ficción legislativa, este sea un país laico, confiamos en la bolsa de Maseca, las láminas o la posibilidad de un pequeño puesto 011 en alguna municipalidad.

Siempre le apostamos todo a quienes vienen, decimos que la esperanza es la educación de las nuevas generaciones y que son la niñez y la adolescencia el futuro de este país, pero, ¿acaso no es la escuela un aparato de reproducción ideológica? Además, si según Carlos Carrera, el representante de Unicef en Guatemala, el Estado invierte Q. 7.00 por cada niño y niña no indígena y Q.3.00 por cada niño indígena, de educación de calidad, ni hablamos.

El problema de este país es serio, y si no planteamos respuestas serias, no vamos a salir del atolladero. Sea este un llamado a la organización de la sociedad civil, a la lucha en contra de las estructuras de poder que nos desnutren, alienan y adiestran, a la organización comunitaria.

La solución a este problema eterno llamado Guatemala no son las armas que enriquecen a los que oprimen a nuestros hermanos, las soluciones a este problema se llaman empatía, comunidad y conciencia de clase. Y si no tiene la valentía ni los arrestos necesarios y va dejar hacer y dejar pasar, deje de criticar a los que sí se organizan desde la periferia, desde la ruralidad, desde lo que hay, desde lo que se puede, desde lo que les dejamos.

Piénselo, actúe, lo único que se puede hacer para garantizar el desarrollo integral de los hijos, de la descendencia, es enseñar y ejercer dignidad.

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