Ni la Virgen ni el Che

Hace pocos días los quetzaltecos, tímidamente, celebraron a su patrona, la Virgen del Rosario y un día después, la gente de izquierda le rendía un homenaje virtual al guerrillero heroico por antonomasia, el Che Guevara, conmemorando el día de su caída en Bolivia.

Fotografía de Linda Forsell

Estaba escuchando a una señora de 50 años contarme cómo fue obligada a casarse con el tipo de que golpeó y violó durante 4 días, me contó la horrorosa imagen de cómo el tipo la mantuvo encadenada al pie de la cama, desnuda. Su mamá permitió la boda porque nadie creyó que esos días los había pasado encerrada en contra de su voluntad. Era una niña de 14 años cuando parió al primer hijo de una violación que duró 10 años.

Aunque el relato hace referencia a un crimen que ocurrió hace 36 años, la realidad en nuestro país nos dice que no puede considerarse pasado pues, según Ciprodeni, en su observatorio de los derechos del niño se han contabilizado, de enero a agosto de este año, 2,711 evaluaciones forenses por violencia sexual a niñas y adolescentes, de estas 19 fueron realizadas a bebés menores de un año y la mayoría, 1,226, a niñas que oscilan entre los 10 y los 14 años. Con estas alarmantes cifras y la certeza del subregistro, podemos decir que Guatemala no es un país dónde las niñas crezcan seguras.

En el mismo período, se han contabilizado 69 muertes violentas y 387 denuncias por lesiones compatibles por maltrato, entre niñas y adolescentes de 1 a 19 años y, aunque estas manifestaciones explícitas de la violencia se cuenten con números grandes, son enormes todas esas formas de violencia implícita a las que las niñas y adolescentes se ven expuestas en un país conservador y patriarcal.

La violencia de género empieza en casa, cuando forzamos a las niñas a servir al padre y los hermanos varones, convirtiendo esas tareas en una mordaza femenina y en un terreno vedado para los hombres, a quienes sus privilegios convierten en seres carentes de autonomía en la esfera de lo doméstico.

La violencia se abona cuando a las niñas les inculcamos la idea de negar y esconder su cuerpo porque algunas de sus partes son sucias o pecaminosas o simplemente porque en casa decente de eso no debe hablarse. Al mismo tiempo, les sembramos la vergüenza de estar gordas o muy flacas y la certeza de que, si muestran ese cuerpo que las contiene, pierden todo el valor humano y la dignidad que les ampara por el solo hecho haber nacido personas.

Cuando a esta crianza que nos hace sumisas y obedientes, le sumamos que al mismo tiempo a los hombres los han criado con la idea de una superioridad ficticia y la falta de escrúpulos propia de los depredadores, se cosecha el horror de encontrar en los medios de comunicación la dosis diaria de violencia y amarillismo, que cuenta la historia de Karla, que con apenas 14 años fue violada, asesinada y desmembrada por un vecino y compañero de clase; la de Chelsiry de 12 años, a quien su tío violó y posteriormente, asesinó; la de Andrea, una madre adolescente de 17 años a quien desconocidos apuñalaron y abandonaron en una casa deshabitada.

La virgen del Rosario no estuvo allí para cuidarlas, ni sus ángeles, ni diosito, no contaron con un super héroe como el que el marketing capitalista ha construido del Che en la cabeza de sus seguidores. Las 25 niñas y adolescentes que desaparecieron esta semana también estaban solas, están solas, sin que se haga a nivel jurídico o social, un solo esfuerzo para recuperarlas. Esta sociedad no se cansa del horror, no se esfuerza por dar ni los pequeños pasos necesarios para brindar a las niñas y adolescentes un presente menos trágico.

Ojalá pronto la virgen o el Che, panaceas de la salvación, nos den las agallas de querer cambiar este sistema, de romper y quemarlo todo, no solo para exigir justicia por las vidas tomadas sino también para replantearnos la crianza y el amor.

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