Cómo romper el círculo vicioso de la hipercorrupción

 

Fotografía de Fernando Chuy

Así como en economía se ha acuñado el término de la hiperinflación como un momento en el cual la inflación se vuelve “descontrolada y galopante”, por la velocidad en la cual la moneda pierde su valor, así debemos considerar la hipercorrupción como el momento en el cual las autoridades y funcionarios pierden todo pudor al tomar decisiones cuyo objetivo es el latrocinio de los fondos del Estado.

Tristemente se ha constatado que cada día más países se suman a estas prácticas de hipercorrupción. No solo hablamos de países que tradicionalmente son tildados por la Comunidad Internacional como países sin sistemas democráticos y corruptos, sino de muchos otros con democracias consolidadas, que abanderan las buenas prácticas internacionales en materia de Administración Pública.

Esta práctica no sólo pertenece al ámbito público, sino que permea al ámbito privado en acciones tan comunes como la que supone que un pequeño empresario que pretende hacer negocios con otra corporación deba considerar el pago de coimas o favores a determinados miembros que integran esas estructuras corporativas, para poder hacer negocios con ellas. Convirtiéndose en una práctica recurrente y generalizada.

Se está consolidando una cultura del pillaje, donde se admiran estas prácticas como algo propio de aquellos que son “chispudos” y hábiles. Fuera de condenarlas, las sociedades las replican desde los puestos más bajos de las estructuras corporativas hasta los mandos más altos de los poderes del Estado. Esto se traduce en una reducción de los recursos disponibles para el desarrollo económico de los países, enquistando prácticas de corrupción que golpean en última instancia al ciudadano.

Es momento de recapacitar y hacernos la pregunta de cómo romper el círculo vicioso de la hipercorrupción y caminar hacia un nuevo modelo que lo evite. Algunos Estados han apostado por invertir en la educación de sus ciudadanos para erradicar estas prácticas, otros han implementado la carrera del funcionario público basada en la meritocracia y sus competencias, finalmente existen Estados que se han decantado por recrudecer las sanciones y penas con el fin de luchar contra la corrupción. Sin embargo, son modelos poco ágiles que necesitan de mucha inversión y tiempo.

Guatemala no puede esperar más para ponerle fin a la corrupción. Necesitamos instalar una cultura de cumplimiento normativo en las administraciones públicas a través de normas más ágiles como son los estándares internacionales que garanticen la transparencia, ética y probidad del funcionario público y de los empleados corporativos. El sector privado debe hacer lo propio. Finalmente, la decisión de tomar la ruta fácil y sumergirse en la corrupción le pertenece a cada persona que lo hace, por lo que la educación de valores éticos y morales es fundamental. Para cada persona que se vea enfrentada con una decisión de corromperse o no, debe llegar a ser fácil decidirse por el camino correcto y elegir el bien general por sobre su bien particular.

#HagamosGrandeGuate

#SísePuede

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