Bukowski, las moscas del tecolote y un escultor de raíces

Hace unos días se conmemoraron cien años del nacimiento de Charles Bukowski, coincidiendo con la muerte de otro artista no tan famoso, ni conocido, pero sí importante para mi forma de ver estas cosas, hablo de don Francisco Meléndez Gil, un escultor de raíces, su notoriedad no transgredió muchas fronteras, pero sí encontró el reconocimiento en su municipio y le alcanzó para llegar a ser nombrado ciudadano distinguido en Suchitepéquez.

Don Chico Meléndez. Fotografía de Suren De León

Elogiado solo por los que pasaban a visitarlo, inspiró a más de una persona, incluyéndome en ese listado, sin algarabía ni ostentoso final, se lo llevó el coronavirus, solo un nieto asistió al sepelio, fue en menos de una hora. Otro artista que muere en el anonimato, pero anonimato de qué, la fama es algo superficial, el arte es otra cosa, vemos a famosos como Bad Bunny sin arte, y vemos a Fernando Delgadillo, Sara Curruchich con mucho arte y sin tanta fama, don Chico Meléndez dejó un enorme legado, y sus piezas de arte son las pruebas incuestionables de ello; la familia cuenta que en vida le ofrecieron cantidades significativas de dinero por toda la colección, a lo cual el nunca accedió, otro antisistema consolidado.

Así es la vida del artista, como Charles Bukowski lo pregonaba: alcohol, erotismo, dolor, sufrimiento y placer sin mesura. Pero sobre todas las cosas lo que hace el artista es ser la piedra en el camino de todo lo que esté en contra del bien humano, la sinceridad cruda y sin miedo para decirle a la política, la religión, a los mismos artistas, en la cara lo que hacen mal.  La creación de algo, lo que sea, con lo que sea, papel y lápiz, raíces de árbol, piedra, cámaras de video, instrumentos musicales, eso hace el artista, crear, soñar, sentirse libres, ser libres realmente, contagiar la libertad.  Esa es la parte real, no lo que nos venden los medios, un artista es alguien humilde, que con o sin fama es ante todo un ser humano que siente, que fuma, que lee, que admira las obras de otros antes que la suya, es el picante en el caldo, la sal del mundo, es alguien que ama, como decía el maestro Efraín Recinos, si no se hace con amor es mejor no hacer nada.

A mí en particular me inspira lo real, como la vez que entrevisté a don Chico Meléndez, o el cigarro que me fumé con Pepe Orozco cuando se grabó el cortometraje “Caldo de Gallina”, o esa vez que platiqué con Jonathan Salazar en una cantina de mala muerte flirteando con la cantinera, platicando de la vida, de la muerte, de ciencia y religión. Por eso un artista es inmortal, porque se expresa mejor que cualquiera, porque su voz se escucha, porque siempre contagia el desatinado hilo de la irreverencia, como vivió Buckowski, como viven todos los artistas de Guatemala con o sin fama, que al final la muerte viene siendo algo así como ganancia.

Como dijo Arnoldo Ramírez Amaya “El Tecolote” en una entrevista en Prensa Libre: “Las moscas son repulsivas; pero las envidio porque vuelan. ¿Imagínese si los hombres voláramos?, la vida sería distinta y seríamos más libres. Las aves nos muestran lo que a nosotros nos hace falta y eso es tremendamente poético”

¿Será que los artistas son las moscas en este país eternamente cachureco?

Fotografía de Suren De León

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