Con usted tenía muy buena intención

Fotografía de Viaja con nosotros GT

Era un viernes después de la feria, Xela celebra su feria justo el día de la independencia, y yo queriéndome esclavizar sentimentalmente; la mañana era húmeda, en septiembre siempre hace más frío pensé, por supuesto no tanto como enero.

Bajamos donde mismo, siempre tomábamos la misma ruta, el mismo bus, aquella mañana bajamos en la parada donde hay una gran marimba y una señora baila, aunque nadie esté tocando nada, creo que es la misma señora de la choca, ella se adelantó a comprar un café de Mcdonalds, yo tuve que esperar afuera, no podía gastar en un café lo que me costaba el desayuno en el Benito Juárez.

Estaba decidido a hablarle, días atrás ella me había sonreído, aunque me duela aceptarlo en esos momentos mi baja autoestima me apretaba las entrañas y me decía con esa malicia de infanticida que ella era inalcanzable para mí.

Fue prudente acercarme de casualidad, estuve planeando ese encuentro desde hace mucho, y de repente casi como un encontronazo quedé frente a ella, aterido, paralizado, idiotizado; ella me dijo “hola” y sonrió, luego sacó de su bolsillo un cigarro y así deshumanizó la imagen que tenía de ella, algo así como una inmaculada universitaria que le obedecía a papá y a mamá. Pero después de mi corta estupefacción pude responderle el saludo y trate de hacerle conversación, ella descubrió fácilmente mi falta inseguridad, que, aunque no lo culpo fue mi ruralismo el que me la construyó, yo descubrí que se le hacía fácil conversar.

Le pedí el número justo antes de tirar la chenca de su cigarro, lo apunté con unos dedos que temblaban aún, y aunque ella había perdido lo irreal que mi mente había formulado por varios días y noches, aún me parecía guapa, la más linda de la ciudad, aquel día me pasé tarareando “Locos de amor” de Yordano (puedes hacer conmigo lo que quieras, total es mi vida y ahora es tuya).  Nunca había mensajeado con nadie tanto, siempre me ha parecido una pérdida de tiempo, pero en este caso y aunque no hablara nada sustancial, en mis adentros, estaba muy feliz.

La primera cita fue informal, ella siempre se mantenía muy ocupada, como es de costumbre en nosotros los homo sapiens modificados occidentalmente, quise aparentar y la llevé a comer crepas, aunque la comida y el lugar no fueron los protagonistas de la noche, podría asegurar que esa noche disfrutamos de la vida que podríamos haber muerto en ese preciso momento sin lamentarnos de nada más, ahí le dediqué la de “La gota de rocío” de Silvio Rodríguez (y mientras la besaba, me dijo en un temblor, esto es lo que faltaba para que saliera el sol).

Qué lindo que es ser feliz, y lo digo sin sarcasmo, y qué fácil es serlo cuando uno tiene a alguien a quién querer, una luna como la de Xela, el frío romántico que se derrite entre la cercanía de los cuerpos, supongo que esto es lo más cercano a eso que los demás llaman amor. Esta vez nos dediqué “Juntos a la par” de Pappo (sé su nombre, sé su edad y sus gustos en la intimidad)

Soy prostituta, dijo sin dudarlo, el silencio que siguió fue tan desalineado y psicodélico como una gota de sangre que cae de la frente del señor Jesucristo, en principio creí que se trataba de una broma, pero la lógica encajaba, por eso solo podía verme en las mañanas, por eso le fue fácil hablarme la primera vez, por eso me decía que usara condón, ¡mierda! Por eso no le gustaba ir a lugares concurridos, por eso no quería conocer a mi familia y viceversa, mierda el condón, por eso a veces lloraba, ¿con cuánto cañero, camionetero, albañil, etcétera, se habrá metido?, eso inexplicablemente dolió. Esa vez no encontré canción, pero en aquella cantina a donde llegué arrastrándome como perro herido, lloré con las canciones de los Bukis que sonaban en aquella rocola de un quetzal.

Ella era mi proa, mi timón, mi timonel, mi barco y todo, mi experiencia religiosa, mis peces de ciudad, mi carta a Francia.

Recuerdo y esto me avergüenza escribirlo, que la traté como una puta, aunque de profesión lo era, yo se lo decía con rabia, para ofenderla, para lastimarla, la traté de lo peor, como si no valiera nada. Aunque ahora sé que lo hacía porque estaba muy lastimado, en el fondo aunque no fuera amor, yo sentía por ella algo que por nadie había sentido. Esa vez no sé por qué razón la canción fue la de olvidar de Fernando Delgadillo (voy a olvidarme de tu nombre, aunque sea lo último que haga)

Hoy me la paso nostalgiando, con una pena en el alma que no puedo eliminar, me paso cantando la de Fito Páez (y dale alegría a mi corazón, y ya verás, que no necesitaremos nada más) y por más que quiera no puedo borrar sus últimas palabras:

“Aunque sea una puta, con usted tenía muy buena intención”.

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