¿Y si se prohíben las elecciones? ¿Podemos seguir llamando democracia a esto?

Cada vez es más posible y probable, que mediante un recurso leguleyo del tipo que fuese, salga una disposición que en palabras más o palabras menos suspenda, prorrogue, postergue, o prohíba momentáneamente, el acto electoral.

Fotografía de Fernando Chuy

Tal vez como sociedad nos lo tengamos merecido, pero esta apreciación será harina de otro costal. El rebaño robotizado en que devinimos no ofrecerá resistencia alguna, más allá de la histérica y masturbada dinámica de las redes sociales, confirmatoria de que nuestra capacidad de razonar se ha visto enclaustrada en la saludable restricción de 140 caracteres.

Si no fuimos capaces de apelar, hasta entonces, en aldeas con más de la mitad de la población sumida en la pobreza y la marginalidad, en manos, en ciertos lugares, de autócratas que travistieron la democracia en regímenes opresivos, del supremo recurso de la rebelión, consagrado en la declaración de los Derechos Humanos y en la mayoría de las constituciones que se dicen democráticas, cae de maduro, que sólo resta un breve tiempo, para que experimentemos, con silente normalidad republicana e institucional, que en virtud del estado de calamidad, producto de la pandemia, ciertos Estados, pueden prescindir del elemento simbólico por antonomasia de lo democrático; la instancia electoral.

Habiendo anulado nuestra perspectiva filosófica que no nos permite dimensionar que somos un ser para la muerte, que tal finitud es el límite taxativo de nuestro aquí y ahora, y por tanto, el sentido que le podamos dotar a nuestras vidas, debiera tener estricta relación con esa libertad que tendría que estar en nuestras manos, consideramos a ésta, un elemento más, secundario, casi accesorio

Permitimos que nos transformen en un mero acontecer, pasivo e inercial, producto o resultante del cual, solamente deseamos sobrevivir, a como dé lugar.

El contexto por el que estamos atravesando, que difícilmente podamos diagnosticar con precisión si obedece a razones pre digitadas o predestinadas por intereses incognoscibles para la media (o un maridaje de ambas), nos lleva a conjeturar lo planteado, sin que esto sea óbice, para realizar afirmaciones tremendistas o escandalosas

En el imperio de la economía, del lenguaje, conceptual, como numérica, por acción u omisión, venimos prescindiendo de la facultad de actuar, en lo público como en lo privado, como sujetos, es decir como seres amarrados a una intencionalidad que no sea precisamente, la de acumular tiempo en esta tierra, independientemente de la calidad, del sentido o de la razón del mismo.

Instrumentalizados, como objetos acumulables y de acumulación, somos de un tiempo a esta parte, programados, para lograr el imposible de no morir, o de llevar la muerte a límites absurdos e irracionales

Si continúa la tarea, insistimos sea a sabiendas (ad hoc) o coyunturalmente, por parte de los dispositivos del poder, que son el poder (absoluto, que no se pregunta, no se cuestiona), para hiperbolizar el pánico, ante lo que nunca nos prepararon como sujetos a enfrentar (lo incierto, la muerte, la anulación de la perspectiva de lo filosófico) y lo único válido y saludable que dimana desde las estructuras legal y legítimamente constituidas (los hombres en el estado, bajo el cariz de la representatividad), son comunicados prohibitivos y de prohibición, hasta un tiempo difuso, de expectativa, so pretexto de una vez cada menos posible, vuelta a la normalidad, mediante un pharmakon que nos devuelva lo que ya hemos perdido, el tiempo para que en nombre de esa salubridad, de “seguir viviendo como fuese”, se disponga la suspensión o prohibición de elecciones, lo tenemos a la vuelta de la esquina

Ateridos en nuestra condición humana, no habrá reacción popular o escarmiento, ante una propuesta de esta magnitud, que como si necesitase de pruebas, ya está no sólo en las oficinas de los mandantes, sino en sus declaraciones públicas y publicadas

Debiéramos preguntarnos entonces, si podemos seguir llamando democracia, a un sistema que no contemple elecciones regulares, o que restrinja libertades esenciales, en bien de la tutela de ese bien jurídico mayor, que dicen, potencialmente, defender como lo es el evitar contagios masivos de una enfermedad con un bajo nivel de biomortalidad

Precisamente de esto se trata, de lo que muy pocos tratan o hablan. No de la posibilidad de muerte, que es nuestro destino humano natural, sino de cómo los estados organizados, en la flagrancia de su desorganización se ven jaqueados por un mal, al que no tienen posibilidades serias ni sensatas de encauzar

Por suerte para ellos, nos tienen como pueblo, como multitud, como mayorías, inertes y deshumanizadas, ante la absurda idea de que serán ellos mismos, peritos en fracasos para que masas ingentes de millones de hombres y mujeres (pre-pandemia) sumidos en la pobreza, no puedan salir de la misma y ahora, virus mediante, nos prometen, enfrentar organizadamente la problemática, teniendo para ello, que amputarnos lo único que nos quedaba; la sensación de libertad

Finalmente nos “dejan” la supuesta posibilidad de expresión, sea de escribir, declarar o anunciar lo que razonada y argumentalmente (si no lo es, mejor) podamos esgrimir, para que, potenciados en nuestra impotencia, sólo hagamos esto mismo, meros testimonios de nuestra flagrante caída en desgracia

Tal vez, como arriesgamos ut supra, nos merezcamos la posibilidad de perder el votar, en términos relativos y absolutos, en muy pocos lugares de la tierra, se ha logrado algo más que positivo con ello.

Como nunca antes, la libertad no gira ni en lo real ni en lo simbólico, sino en la idea.

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