Algo que extraño desde el encierro

Fotografía de Elí Orozco

Aquellos gritos de libertad con cada paso sobre las piedras volcánicas de oriente y occidente en las que la naturaleza es parte de tu camino, entre pinos y espinas, desayunos ligeros bajo una carpa llena de escarcha y agua por descongelar son solo pequeñas cosas, es algo que extraño.

El ser humano ha sido nómada, buscando su camino desde el comienzo de nuestra historia sobre la Tierra, perfeccionando sus instrumentos para alimentarse y no morir de frío, es así como el hombre evoluciona, por sus propias necesidades de cambio y transformación. La revolución industrial fue el estallido para la comodidad del ser humano y hasta ahora solo hemos logrado simplificar la vida, facilitarla para un buen vivir. La comodidad se ha vuelto un aliado para toda persona que posea los medios y también la celeridad en cada quehacer del hombre y la mujer del día a día.

Pero aunque todo esto sea así, no dejo de extrañar el olor de las madrugadas dentro de un bosque a más de tres mil metros sobre el nivel del mar, la neblina de una tarde helada entre pinabetes con mis piernas cansadas y mi boca sedienta de un poco de agua. Hay atardeceres que no olvido, cada uno tiene distinto significado, como si tuviera que dedicarlos, o solo sentarme y contemplar, dejar que el tiempo se acabe mientras comienza el anochecer y el cielo se engalana de estrellas, más aún si hay luna llena. Cuando camino por un volcán quisiera levantar una piedra por cada persona que quiero, suena como una mala idea, el peso sería inmenso porque quiero a muchas personas. Aunque el silencio es un agradable aliado en las montañas, la compañía y las risas son un buen abrigo en los descansos y las noches; además de las montañas de Guatemala, existen otros sitios para recorrer y olvidarte un rato de las comodidades del siglo veintiuno: escuchar el rugido de un mono aullador a distancias muy cercanas en las selvas de Petén y pensar si es un puma o un jaguar, correr lejos de una serpiente que ignoras su peligrosidad, y quien sabe ver las ruinas de Tikal e imaginar todas las civilizaciones Mayas de aquellos tiempos, costumbres y rituales. Caminar en Livingston por la orilla de la playa hasta Siete Altares y descubrir un camino asombroso mientras la brisa del mar te baña poco a poco, y llegar, a los nacimientos de agua con tus mejores amigos y solo compartir la tarde de verano que Dios te ha dado.

En Guatemala existe mucha riqueza natural, sitios arqueológicos sorprendentes, donde te sientes humano, algo que se nos olvida mientras estamos detrás de una computadora o el celular, quizá en el escritorio de tu oficina de trabajo. Tengo historias por contar en aquellos místicos lugares de Guatemala, y es algo que despierta mi curiosidad por saber más de este país, por conocer y perderme, si algún día fuimos nómadas, considero que llevamos algo aún en la sangre, en el interior humano, y esto me refresca la memoria cada vez que lo digo, cada vez que cuento con detalles las historias de mis caminatas tras el frío y el calor.

Quizá a modo de introducción este escrito sea una motivación para aquellos que siempre han querido salir a descubrir los lugares escondidos de Guatemala, quizá algún día en el que toda crisis haya pasado podamos sentirnos libres en aquellos lugares. Quiero escribir y relatar anécdotas mientras estoy encerrado en mi hogar, quizá así viajo y los hago viajar, quizá vuelva a sentir y los haga sentir, que por medio de las letras podamos compartir de lo buena que ha sido la vida en lugares no tan cómodos, pero sí preciosos y llenos de armonía y paz, donde el único estrés es no encontrar el camino de regreso y quedarte por más días sin agua y comida.

Como dijo Andrea Cardona, primera mujer guatemalteca en subir el monte Everest “Quedarse en la cumbre del Everest es mortal, así como quedarse en la cumbre de nuestras metas, o en el éxito, pues acomodarse nos haría morir lentamente”.

Fotografía de Elí Orozco

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