Un libro para viajar en tiempos de Covid-19

Fotografía de Javier Herrera

Hace unos días hablando con mi sobrina de once años, me decía, “Anton juguemos, estoy aburrida”, yo le dije que se pusiera a leer un libro de los tantos que tiene, pero inmediatamente se me ocurrió una mejor idea. Busqué cinco libros y de estos le fui leyendo la introducción y una parte de cada libro, además, le expliqué cómo se leían los diálogos y todas las pausas que había en los párrafos; con todo esto, mientras le leía en voz alta, ella disfrutaba la historia e iba imaginándose cada palabra, cada reacción y movimiento de los personajes, yo trataba de ayudarle con los acentos para que tuviera mayor interés en la lectura.

Mi intención era que se emocionara y dejarla picada por seguir el hilo de la historia (como querer saber un chisme). Terminamos los cinco libros y ella eligió el que más le había gustado, así que la dejé leyendo ese libro; horas después le pregunté por el segundo capítulo de la historia y me lo describió como si estuviese hablando de un chisme, o como si me estuviese hablando de un partido de fútbol, no sé, un acontecimiento tan cotidiano, solo que reflejado en el buen hábito de la lectura.

Muchos niños, niñas y jóvenes pueden tener grandes expectativas de la vida hacia futuro cuando son amantes de los libros, viajan desde edades muy tempranas a otros contextos, conocen costumbres extranjeras, leen nombres que no son comunes, vuelan en el tiempo, hasta pueden conocer el pasado de su propio pueblo. Estas expectativas crecen, sueñan con ver lo que leyeron, comer, oler, bailar en medio de aquella selva llena de ruinas, nadar por todos los ríos en los que sus ojos se sumergieron y lo más importante, desarrollan empatía en un mundo tan diverso; desde casa pueden comprender lo distintos que somos los seres humanos y la necesidad que existe de tener solidaridad, amor y un poco más de nobleza.

Por eso lo recomiendo, salgan (lean un libro), no se queden en casa, lean lo que sea y súbanse en ese metro en la ciudad de New York, bájense para caminar por todo el Time Square hasta cruzar el Puente de Brooklyn, salten al agua y al volver a la superficie, naden hasta llegar a un isla perdida, o disfruten de un café mientras caminan en tierras coloniales. Aprendan a disfrutar del silencio, de la paz que puede darles una entretenida lectura, combinen con café o con alguna refrescante bebida mientras cambian de página, que no se les vaya todo el tiempo, también hay algunas responsabilidades que cumplir desde casa.

Sé que no todas las condiciones socioeconómicas de los guatemaltecos son las mismas, sé que no todos tenemos el mismo espacio físico para escaparnos del ruido y leer un poco, muchos logran tener tranquilidad en alguna cafetería. Pero insisto, en que la libertad se puede obtener desde uno solo como individuo, más allá que en la sociedad, la libertad es condicionada socialmente, pero nadie puede dirigir nuestra mente si la ocupamos desde pequeños, si la moldeamos con buena crítica; aprendamos a aprender y enseñemos a los más pequeños cómo lo hicimos, seamos auténticos.

“Paradójicamente, ser capaz de estar solo es la condición para ser capaz de amar”, lo dijo Erich Fromm, estemos un rato solos y aprovechemos el tiempo, leamos ese libro.

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