¿Volveremos algún día a la normalidad?

Ciudad de Nueva York. Fotografía de Eduardo Say

Los líderes mundiales, desde Donald Trump, pasando por el rey español Felipe VI y la canciller alemana, Angela Merkel, hablan a sus ciudadanos y al mundo, desde una noción de realidad, que nos cuesta aún conceptualizar. Asimilar que todo cambió repentinamente (en verdad fue gradual, pero lo abrupto fue tan contundente que parece que fue de un día para otro) nos seguirá costando un tiempo inversamente proporcional al vértigo que produjo que de buenas a primeras, vivamos desde nuestros domicilios, bajo estricta supervisión de un estado policial-global, dogmático y totalitario, que siquiera nos promete vencer al gran otro enemigo, que es tan invisible, como indivisible y tan invencible, como un virus que satura la estructura basal del sistema del que nos habíamos habituado habitar dentro de, sus límites, cloacas y mugres.

Tal vez, hasta hace unos días atrás, nos podíamos conformar con el axioma de Leibniz de que vivíamos en el “mejor de los mundos posibles” por más que este impusiera la excepción de un gran porcentaje de la población condenada a la pobreza, la miseria y la exclusión, y un mínimo puñado de privilegiados con el supuesto acceso a todo, en una suerte de olimpo, al que se nos prometía cierta posibilidad de ingreso, a todos los que tuviéramos resuelto el poder comer todos los días.

…estamos en una caída libre hacia una dimensión desconocida, en la que no podemos discernir, si la idea de contagio, es peor que la posibilidad de contagio o que el contagio mismo

Sin embargo, hemos sido expulsados de tal paraíso. Pese a los infiernos detallados que adornaban tal edén, estamos en una caída libre hacia una dimensión desconocida, en la que no podemos discernir, si la idea de contagio, es peor que la posibilidad de contagio o que el contagio mismo, mezclando indefectiblemente, o asociando inmediatamente, la enfermedad con la muerte y la pandemia con la posibilidad cierta de un desafío a la continuidad de la especie humana, aún o pese que exista un después en donde nos esperarán las consecuencias económicas, laborales y sociales, como epifenómeno de una segunda vuelta letal para nuestras aspiraciones.

Tal vez estemos presenciando un escenario apocalíptico, en donde se esté librando el Armageddon, o Ragnarök que en términos más terrenales, sería una disputa entre la pulsión de vida y la de muerte. Recordemos que esta, inferencia de Freud, proviene desde la disputa que narra el mito griego entre Eros y Tánatos.

“Eros es considerado como uno de los grandes principios constitutivos y constituyentes del universo. Pero al mismo tiempo es un dios y su leyenda nos muestra algunos rasgos esenciales del amor: El amor es involuntario, ocurre, pasa, como una enfermedad. Eros tenía la misión de castigar a Psiquis por su belleza, para vengar así a la celosa Afrodita, su madre. Y, sin embargo, le bastó mirarla una vez para caer encendido en el sentimiento amoroso. El amor, a diferencia de la amistad —que se va forjando lentamente—, aparece en forma súbita, hecho representado en las flechas que emplea Eros o Cupido para encender el corazón de los amantes. La raíz etimológica de thanatos es tha y la única otra palabra griega con la misma raíz es thalamon, el tálamo nupcial. El thalamon es el lugar de la casa donde habita la esposa y es la habitación más central, pero también la más oscura. Thanatos ola muerte aparece vinculada entonces, por un lado, a la oscuridad y al encierro y, por otro, a la mujer y al amor” (Dörr Zegers Otto. Eros y Tánatos. 2009).

De la súbita aparición del virus y sus consecuencias, el tratamiento más efectivo y afectivo, es precisamente el encierro, el no trato con el otro, una suerte de muerte en vida (estados de excepción, de sitio, muerte momentánea civil donde se suspende el derecho que se creía inalienable de la movilidad y de tal libertad de disposición) para tener una nueva posibilidad, el día que vuelva a amanecer, sí es que se logra que esto ocurra.

Seguramente cambiará la semántica, el significante pasará a ser otro, y lo que creíamos normal se disparará para un lugar en el que no tenemos elementos para pensarlo o intuirlo en ese futuro que deseamos que sea próximo (esta sería la muerte del pensar o del control, el no poder hacerlo o proyectarlo).

Esto mismo es lo fundamental, a lo único cierto que nos ponemos atener, sujetar, amarrar, abrazar. El deseo de continuar es el último bastión que podemos ceder ante tanta amenaza a nuestra condición misma.

No perdamos el deseo de seguir viviendo, por más que sepamos que tal vez no lo veníamos haciendo ni muy bien, ni ecuánimemente, en tiempos aciagos o definitorios, el deseo es lo único determinante y será la clave que desate para un lado u otro este nudo gordiano que nos dificulta la respiración.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.